Conciertos

TEMPORADA BOS 12


Palacio Euskalduna.   20:00 h.

W.A. Mozart: La clemenza di Tito, obertura
L. van Beethoven: Concierto para piano y orquesta nº 3
D. Shostakovich: Sinfonía nº 12, “el año 1917”

Vestard Shimkus, piano
Víctor Pablo Pérez, director

FECHAS

  • 31 de marzo de 2011       Palacio Euskalduna      20:00 h.
  • 01 de abril de 2011       Palacio Euskalduna      20:00 h.

Conoce aquí todas las ventajas de ser abonado de la BOS

Verá, es que no vengo solo
Absolutamente todas las culturas en la historia de la humanidad han tenido música. Sin excepción. Música o músicas, en algunos casos; con términos diferentes para el canto épico, la danza con tambores alrededor de un fuego o una nana susurrada. Hasta tal punto llega la ubicuidad de la música que hay fundadas sospechas de que ésta precediera al lenguaje hablado en los mecanismos de comunicación del ser humano.
Para algo tiene que servir la música, porque si algo han demostrado la neurobiología y las últimas investigaciones sobre optimización energética cerebral, es que nuestro coco consume recursos que es una barbaridad, más de un quinto de nuestra alimentación; y que esto de que sólo usamos un diez por ciento de nuestras capacidades mentales es una leyenda divertida y un disparate. En realidad nuestro cerebro curra como un descosido y no da abasto con la de cosas que tiene que hacer. Es un artefacto enorme que ha de nacer antes de tiempo para poder seguir creciendo fuera del útero de la madre. Una herramienta cara y demandada, como el Acelerador de Partículas en Ginebra. De la misma manera que no nos van a dejar jugar durante una horita con el Hubble para sacarle una foto a la Luna, tampoco nuestra mente va a arrastrar sistemáticamente durante 2000 o 3000 generaciones de Homo Sapiens un hobby banal y vacuo. La música es importantísima; no sabemos muy bien por qué, pero lo es.
Vale, siempre ha habido música; pero, lo que son las cosas, casi nunca ha habido compositores.
Preguntar en una comunidad de aborígenes africanos quién ha compuesto cierta melodía está tan fuera de lugar y despertaría tanta perplejidad como que ellos nos preguntasen quién inventó la palabra ‘chorizo’. Pues la verdad, no sé, siempre ha estado ahí; no creo que venga del árabe; griego tampoco, ¿latín quizá? sí, alguien la habrá inventado, o derivará de alguna otra, pero, qué más da si lo importante es su función. Pues eso, lo mismo con nuestra melodía, nos responderán ellos.
¿Y bocata? Ésa sí que nos la sabemos. Ésa la inventó Forges. Aunque bueno, más que inventarla, la engarzó a una larga cadena. Bocadillo, bocado, boca, bucca, algo celta antes… Qué raro. Mi nombre, ‘Aquel que vuela entre las nubes’, se lo inventó expresamente el chamán de nuestra tribu. Sólo y privativo para mí. No habrá otra persona con ese nombre, mientras que vosotros sois todos Juan.
Nuestra cultura musical en Occidente es una singularidad. Desde hace medio milenio sabemos quién hace nuestras melodías. Queremos que se repitan, que tengan un aire de familia, pero queremos que sean novedosas. Queremos cantarlas y tocarlas nosotros mismos, pero la cosa se ha puesto en un plan de dificultad que a ver quién es el guapo. Queremos que el compositor nos abra mundos, aunque también queremos que nos explique y nos cante nuestra vida cotidiana; la nuestra y la de nuestro pasado, real o fabulado. En resumen, desde el siglo XVI les estamos poniendo la cabeza como un bombo a los compositores.
Todos los creadores están ya bastante tocados, para qué nos vamos a engañar. Hay que comprenderlo. Son gente con unas ventanas inmensas. Gente que aprende de todo y de todos. Niños grandes que se dan cuenta de cosas transparentes para nosotros. Todo ello conviviendo alegremente con un ego tremendo. El acto de la creación, de la propiedad, de la autoría. Los demás, de quienes aprendo y a los que copio, son bastante birrias y yo, yo, soy la pera. Asi es y probablemente así deba ser; pero no deja de tener su guasa.
En esto de los diferentes gremios de creadores, como en todo, se puede establecer una gradación. En algunas artes no hay manera de modificar la obra, por lo que el juicio es ‘me gusta o no me gusta’, pero sin más posibilidades de enredar. Los pintores y los cocineros están ahí. En el otro extremo encontraríamos a los guionistas de Hollywood, que los tienen fritos. Con tanta gente metiendo mano al texto que al final, desesperados y muertos de vergüenza ajena, suplican que no aparezca su nombre en los créditos. Les cambian el final, les acaban sustituyendo un tercio de los diálogos, les insertan chistes malos. Un choteo, hasta tal punto que el concepto de autoría vuelve a difuminarse. Como aquí todo el mundo sabe de cine. Y que, ojo, a lo mejor tiene que ser así.
Todo el mundo sabe de cine y, afortunadamente, todo el mundo sabe de música.
El gremio de los compositores tiene algunos rasgos curiosos. Una parte del proceso de creación es tan personal como una huella dactilar. Una actividad solitaria y reflexiva. Un personaje paseando por las afueras de Viena mientras barrunta, elige, permuta y desecha. Otra parte es inextricablemente social: la ejecución por otros intérpretes; el plagio que homenajea tanto como roba; los nuevos encargos con la clausula implícita de que lo nuevo sea más de lo mismo…
Y ahí en medio está la troupe del compositor. Su gente. Los profesionales que lo rodean y en quienes se apoya. Por regla general la relación es tierna y cordial aunque no faltan casos más pimentados. “Yo, Philidor, he compuesto por orden de Su Majestad las partes que faltaban en esta chacona porque a Mr. de Lully no le ha dado la gana de acabarla”. Bach tuvo a su familia, Schumann a su esposa Clara y a Brahms. Mozart a su alumno Franz Xaver Süssmayr. El garrulo de Beethoven consiguió colaborar con Ferdinand Ries durante unos años sin cabrearlo. Dimitri Shostakovich quiso viajar en solitario, pero se arrimaba sin poderlo evitar a Rostropovich, a Weinberg y a pocos más.
La Clemenza di Tito fue la última ópera de Mozart; en realidad de Mozart y su equipo. Estrenada en la acogedora ciudad de Praga el 6 de septiembre de 1791, cuatro meses antes del fallecimiento del compositor, es la historia de Tito, un buenazo. Hay bastantes probabilidades de que Süssmayr trabajara también en ella, cosa que habilitó a los siglos XIX y XX para ponerla a bajar de un burro. ¡A la última ópera de Wolfgang! Menos mal que la cordura se ha ido imponiendo en las últimas décadas y cada vez se programa más. Incluso se ha recordado que la simpática acusación de “porquería tedesca”, atribuida a la reina Maria Luisa, esposa del dedicatario, no es sino un infundio posterior en casi un siglo. Cosas de biografos exaltados.
De la misma manera, el Tercer Concierto para piano y orquesta op. 37 de Beethoven formó parte de un proyecto diríamos que colectivo. La idea de componerlo tuvo una fecha tan temprana como 1796, en nuestra conocida Praga, para más datos. Pero hasta el 5 de abril de 1803 no fue estrenado, con el propio Beethoven leyendo de folios en blanco, tal y como confesó posteriormente Ignaz Xaver Seyfried, el director de la orquesta. En efecto, habían pasado 8 años y la parte del piano seguia sin estar escrita. Beethoven, a quien nadie le podía negar arrebatos de generosidad, finalmente se decidió a escribir la parte de solista con el fin de que su devoto alumno Ferdinand Ries pudiera tocarlo en público el 19 de julio de 1804. Eso sí, de paso descargó sobre él una buena parte de la responsabilidad de revisar la edición de la obra.
Así como Süssmayr colaboró en La Clemenza y concluyó el Requiem de su maestro, Ferdinand Ries optó por componer un repertorio paralelo al de su mentor, en el que no falta una sinfonía sobre el motivo de la ‘llamada del destino’ de la Quinta. A Beethoven este rollo le dejaba un poco desconcertado y, siéndole preguntada su opinión, respondió resignado “Suena a Beethoven; quizá demasiado”. Pero no las juzguen sin darles una oportunidad. Las sinfonías de Ries son lo que siempre hemos soñado: más sinfonías –falsas pero muy sinceras– de Beethoven.
El caso de Dimitri Shostakovich y su Duodécima Sinfonía es algo diferente. Aquí sus amigos no le ayudaron a componerla sino a descomponerla. Faltaban un par de semanas para su estreno, el 1 de octubre de 1961, cuando –tras una audición privada– su gente le advirtió que o la retocaba o se le caería el pelo. En efecto, esta Sinfonía nº 12 “el año 1917” era la gemela de la Sinfonía nº 11 “el año 1905”, y ambas debían ser obras conmemorativas de los momentos revolucionarios que dieron nacimiento a la URRS. Y, claro, al parecer la música era tán cáustica que la única interpretación posible era una mofa, sonora y en cuatro movimientos sin interrupción, al glorioso Partido de los Trabajadores. Nunca lo sabremos porque Shostakovich, que a sus 56 años ya había tenido broncas de sobra con las autoridades, hizo desaparecer prudentemente la partitura original. La versión que se estrenó fue una obra con una buena capa de barniz. Lo suficiente para dejar una oda brillante y heroica. Tendremos que ser nosotros los que buceemos dentro de ella, a la búsqueda de otras intenciones más subversivas, si las hubiere. Todas las culturas tienen sus músicas; y nosotros tenemos la suerte de conservar las nuestras escritas. Casi todas.

Joseba Berrocal

Vestard Shimkus, piano

Ganador del Concurso María Canals

Nace en Letonia el 21 de agosto de 1984. El reconocimiento internacional le llega tras debutar con la Filarmónica de la BBC, también actúa con la Sinfónica Birmingham, Nacional de Francia, Filarmónica Checa, Kremerata Baltica, Sinfónica de la NDR de Hamburgo y el Cuarteto Borodin. Ha actuado en las principales salas de conciertos: Konzerthaus de Viena, Konzerthaus de Berlín, Ópera de Tokio, Radio France, Berwaldhallen y Konserthuset de Estocolmo, Conservatorio de Moscú,  Rudolfinum de Praga, Palau de la Musica y Concertgebow. Ha sido ganador del primer premio en varios concursos internacionales de piano, entre ellos,  el 55º Concurso Internacional de Piano Maria Canals en Barcelona (España, 2009) y la 5ª Olimpiada Internacional de Piano de Bad Kissingen (Alemania, 2007).

Shimkus inicia sus estudios de piano a la edad de cinco años en Riga y más tarde estudia con Dmitri Bashkirov y Claudio Martínez Mehner en Madrid, Daniel Pollack en Los Ángeles y Vadim Suchanov en Múnich, además de estudiar composición con Peteris Vasks.

Vestard Shimkus ha colaborado con directores como Lawrence Foster, Andris Nelsons, Vassily Sinaisky, Karel Mark Chichon, Salvador Brotons y Woldemar Nelsson y ha dado conciertos por toda Europa, Estados Unidos, Oriente Medio, China y Japón.

Ha grabados varios discos, y su Concierto para piano y orquesta de cuerda se estrenó en julio de 2008. También interpreta jazz


Victor Pablo Pérez, director

Considerado por crítica y público como uno de los mejores directores de orquesta del panorama musical español, Victor Pablo Pérez, nacido en Burgos, realizó sus estudios en el Conservatorio Superior de  Música de Madrid y en la “Hochschule für Musich” de Munich, así como en centros de Italia y Austria.

Ha sido Director titular de la Orquesta Sinfónica de Asturias, Director Titular y Artístico de la Orquesta Sinfónica de Tenerife, principal director invitado de la Orquesta Nacional de España y en la actualidad Director Musical de la Orquesta Sinfónica de Galicia. 

Ha grabado obras de Mozart, Rossini, Shostakovich, Prokofiev, Dvorak, Falla, Luis de Pablo, Tomás Marco, Barbieri, Villalobos, Albéniz, Montsalvatge, al tiempo que recuperaba para las salas de conciertos y el  mundo del disco la obra Roberto Gerhard. Ha sido distinguido en 1995, junto a la Orquesta Sinfónica de Tenerife, con el “Cannes Classical Awards”, por el registro de las sinfonías  1ª y 3ª de Roberto Gerhard.

Victor Pablo Pérez ha dirigido a la Philarmonia de Londres, la Royal Philharmonic Orchestra, Filarmónica de Munich y Dresden, sinfónicas de Berlín y Jerusalem, RAI de Roma, etc. y participado, entre otros,  en los Festivales Internacionales de Canarias, Santander, Munich, Schleswig-Holstein y Quincena Musical Donostiarra.

Tiene en su haber  dos Premios Ondas (1992 y 1996), el “Premio Ojo Crítico” el “Premio Nacional de Música” y la Medalla de Oro a las Bellas Artes”.
 

Comenzamos este programa de abono, con la obertura de la ópera La Clemenza di Tito de Wolfgang Amadeus Mozart. Tan sólo hemos interpretado esta obra en una ocasión, los días 29 y 30 de enero de 1998 en el Teatro Ayala y bajo la dirección del Maestro Jerzy Semkow. Para su interpretación emplearemos la edición crítica de Franz Giegling publicada por la Editorial Baerenreiter (www.barenreiter.com). A continuación se podrá escuchar el Concierto nº 3 para Piano y Orquesta en do menor Op. 37 de Ludwig van Beethoven. Este concierto fue interpretado por primera vez por la BOS el 14 de marzo de 1923 con el pianista J. Iturbi y bajo la dirección del Maestro Marsick. Desde esa fecha ha sido interpretado en otras 23 ocasiones con pianistas de la talla de A. Rubinstein, J. Achúcarro, E. Leonskaja, T. Fellner y R. Buchbinder, quien fue el último que lo interpretó el 28 de febrero de 2006 bajo la dirección de Juanjo Mena en el Auditorio Nacional de Madrid. Emplearemos para su interpretación el material de la editorial Breitkopf & Härtel (www.breitkopf.com)
En la segunda parte del concierto podremos escuchar por primera vez en la historia de la BOS  la Sinfonía nº 12 en re menor Op. 112 “el año 1917” de Dimitri Shostakovich. Para esta ocasión emplearemos el material de la Internationale Musikverlage Hans Sikorski GmbH & Co. KG (www.sikorski.de).
A continuación les recomendamos una serie de grabaciones comerciales de las obras de nuestro programa. Todas ellas pueden adquirirse o escucharse a través de internet siguiendo los enlaces señalados:

W.A: Mozart: La Clemenza di Tito, Obertura Kv 621

 Sir Charles Mackerras – Scottish Chamber Orchestra
Deutsche Gramophone – B000CR77TS

Audio en spotify

 


L. van Beethoven: Concierto nº 3 para Piano y Orquesta en do menor  Op. 37

 Kurt Sanderling – Mitsuko Uchida – Royal Concertgebouw Orchestra
Philips – B0009A41WE

 Audio en spotify

 

D. Shostakovich: Sinfonía nº 12 en re menor Op. 112 “el año 1917”

Genady Rozhdestvensky – BBC Symphony Orchestra
BBC Legends – 4242

Audio en spotify

 

 

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  • Lunes 30 de Mayo de 2022 19:30h

*OB: Opera Berri

Patrocina:

FICHA

  • Cio-Cio San: Maria Agresta*
  • Cio-Cio San BERRI: Carmen Solís
  • Pinkerton: Sergio Escobar
  • Pinkerton BERRI: Javier Tomé
  • Suzuki: Carmen Artaza*
  • Sharpless: Damián del Castillo
  • Goro: Jorge Rodríguez-Norton
  • Kate Pinkerton: Marta Ubieta
  • Yamadori y Comisario: Jose Manuel Día
  • Tío Bonzo: Fernando Latorre
  • Oficial del registro: Javier Campo**
  • Yakuside: Gexan Etxabe
  • La madre de Cio-Cio San: Eider Torrijos**
  • La tía de Cio-Cio San: Leyre Mesa**
  • La prima de Cio-Cio San Olga Revuelta**
  • Bilbao Orkestra Sinfonikoa
  • Coro de Ópera de Bilbao: Director Boris Dujin
  • Director musical: Henrik Nánási*
  • Director de escena: Stefano Monti
  • Coproducción Teatro Comunale di Modena / Teatro Municipale di Piacenza

*Debuta en ABAO Bilbao Opera
**Coro de Ópera de Bilbao

MÁS INFORMACIÓN

Benjamin Franklin Pinkerton, un oficial de la Armada de Estados Unidos, inspecciona una casita en una colina cercana a Nagasaki desde la que se ve el puerto. Va a alquilársela a Goro, un servicial casamentero. Junto con la casa recibe también a tres criados y a una geisha como mujer, cuyo nombre es Cio-Cio San, pero que es conocida como Butterfly. El alquiler, según la costumbre japonesa, es por una duración de 999 años, susceptible de ser renovado todos los meses. El cónsul estadounidense, Sharpless, llega jadeante después de haber subido la colina. Pinkerton describe su filosofía del yanqui indómito que recorre el mundo en busca de experiencias y placeres. No está seguro de si sus sentimientos por la joven japonesa son realmente amor o simplemente un capricho, pero su intención es seguir adelante y celebrar la ceremonia nupcial. Sharpless le advierte de que es posible que la muchacha tenga una visión diferente del matrimonio, pero Pinkerton hace caso omiso de sus preocupaciones y le dice que algún día tendrá una verdadera esposa estadounidense. Ofrece al cónsul güisqui y propone un brindis.

Llega Butterfly con sus amigos para la ceremonia. En una conversación casual tras la presentación formal, la muchacha admite que tiene tan solo quince años y explica que su familia fue importante en otro tiempo, pero que luego perdió su posición desahogada, por lo que no le ha quedado más remedio que ganarse la vida como geisha. Llegan sus familiares y hablan sobre la celebración de un matrimonio tan desigual. Cio-Cio San enseña a Pinkerton sus exiguas posesiones y le confiesa que ha estado en la misión cristiana y que tiene la intención de convertirse a la religión de su marido. El comisionado imperial lee el contrato matrimonial y los parientes felicitan a la pareja. De repente, se oye desde lejos una voz amenazadora: es el bonzo, el tío de Butterfly, un sacerdote. Maldice a la muchacha por haber ido a la misión y por renunciar a su religión ancestral. Pinkerton les ordena a todos que se vayan e intenta consolar a Butterfly con palabras dulces. Suzuki le ayuda a ponerse el kimono nupcial antes de que la pareja se reúna en el jardín, donde se dejan llevar por la pasión.

Cuando comienza el Acto II han transcurrido tres años y Cio-Cio San está esperando el regreso de su marido a casa. Suzuki implora ayuda a los dioses, pero Butterfly le reprende por creer en los dioses japoneses en vez de en la promesa de Pinkerton de que un día regresaría. Aparece Sharpless con una carta de Pinkerton, pero antes de que pueda leerla a Butterfly, aparece Goro con el último pretendiente de la joven, el acaudalado príncipe Yamadori. Butterfly sirve amablemente té a los invitados, pero insiste en que no está disponible para contraer matrimonio: su marido estadounidense no la ha dejado y le dio palabra de que un día regresaría. Pide a Goro y Yamadori que se vayan. Sharpless intenta leer la carta de Pinkerton y sugiere a Butterfly que quizá debería reconsiderar la oferta de Yamadori. Como respuesta, ella le muestra al cónsul el hijo que ha tenido con Pinkerton. Dice que su nombre es “Pesar”, pero que cuando regrese su padre se llamará “Dicha”. Sharpless está demasiado hundido para seguir leyéndole el contenido de la carta. Se va prometiéndole que informará a Pinkerton sobre la existencia de su hijo. Un cañonazo en el puerto anuncia la llegada de un barco. Butterfly y Suzuki leen su nombre desde la terraza: es el de Pinkerton. Radiante de alegría, Butterfly se une a Suzuki para decorar la casa con flores. Cae la noche y Butterfly, Suzuki y el niño emprenden una vigilia sin apartar la vista del puerto.

Amanece y Suzuki insiste en que Butterfly intente dormir un poco. Butterfly mete al niño en la casa. Aparece Sharpless con Pinkerton y Kate, la nueva mujer de Pinkerton. Suzuki se da cuenta de quién es la mujer estadounidense y se muestra de acuerdo en ayudar a comunicar la noticia a Butterfly. A Pinkerton le invade la sensación de culpa y se retira un poco para recordar los días pasados en la casa. Cio-Cio San entra apresuradamente confiando en encontrar a Pinkerton, pero es a Kate a quien ve en su lugar. Comprendiendo la situación, se muestra de acuerdo en renunciar a su hijo, pero insiste en que sea Pinkerton quien vuelva a por él. Tras echar a todo el mundo, Butterfly saca la daga con la que su padre se había suicidado, pues prefiere morir con honor que vivir con vergüenza. Se detiene por un instante cuando entra el niño inesperadamente, pero Butterfly lo saca al jardín y ella se retira detrás de una cortina. Cuando llega Pinkerton, pronunciando su nombre, la joven se clava la daga.

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>Concierto para dos Aniversarios Bilbao Orkestra Sinfonikoa & Guggenheim Bilbao

Concierto para dos Aniversarios Bilbao Orkestra Sinfonikoa & Guggenheim Bilbao

Lugar: Guggenheim Bilbao

Coincidiendo con el centenario de la BOS el Museo Guggenheim Bilbao celebra su 25º Aniversario. En esta doble celebración, el Museo será el escenario de un gran concierto de la BOS abierto a la ciudadanía cuyo programa incluirá “Cuadros de una exposición”, la obra con la que Modest Mussorgsky rindió homenaje a su amigo Viktor Hartmann, con ocasión de la exhibición de algunas de sus obras tras su fallecimiento. La pieza representa un recorrido de cuadro en cuadro, en un estilo musical de fuerte carácter descriptivo. Compuesta originalmente para piano, la música fue “coloreada” por Maurice Ravel con una brillante orquestación. Junto a este gran clásico, en este concierto se recuperará el poema sinfónico, de lenguaje denso y poderoso, “Andrómeda”, de Augusta Holmès, compositora francesa injustamente tratada por la historia, al igual que muchas de sus colegas. Una gran oportunidad para celebrar la amistad y el diálogo entre las artes.

Patrocina:

Localización : Atrio
Punto de venta : Taquilla y Web
Duración : 60
Más información : Aforo limitado y uso responsable de mascarilla.
Se ruega puntualidad. No se podrá acceder al Atrio una vez iniciada la actividad.

Web: Guggenheim

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