Concerts
BOS SEASON 1-2010-2011
C. Halffter: Halfbeniz, divertimento para orquesta
I. Albéniz / J. Rueda: Evocación, Lavapiés y Triana, de Iberia
C. Halffter: Tiento de primer tono y batalla imperial
G. Mahler: Sinfonía nº 1 en Re mayor, “Titán”
Günter Neuhold, director
DATES
Venta de abonos, a partír del 8 de julio.
Venta de entradas, a partir del 15 de septiembre.
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HOMENAJES
La suite Iberia de Isaac Albéniz (1860-1909), escrita durante la primera década del siglo XX, sigue siendo un referente vivo para la creación contemporánea, una verdadera muestra de cómo se puede trascender una música nacida del folclore con “sólo” evocar unos climas, unos aromas o unos colores, porque las doce piezas de Iberia no son cuadros, pinturas o fotografías: son impresiones (impressions) poéticas, transparencias sonoras, cantos a una tierra, la andaluza, cuyo luz brilla con tenues tonos de nostalgia, con sutiles y serenos ecos de melancolía, pero también con pasión, con calor, con un fuego muy especial. La luz como metáfora de un país cálido, sensual y soleado, y a la vez como símbolo de ese océano impresionista que se abría una y otra vez ante el músico en su Francia de adopción. Por todo ello, han sido muchos los pianistas que se han acercado a la suite en estos más de cien años, y aún hoy parece haber toda una pléyade de grandes iberistas que sigue renovando y modernizando una tradición interpretativa tan sólida como heterogénea, pero quizás Iberia estaría un poco menos presente en las salas de conciertos si no fuera por todos esos compositores que han orquestado (mejor o peor) una o varias piezas de la serie con la idea de revelar nuevos timbres, nuevas resonancias, de elevar armonías a veces aparentemente alejadas, escondidas o silenciadas. Así lo hace el madrileño Jesús Rueda (n. 1961), que en su transcripción para una plantilla más bien reducida de tres páginas de la suite demuestra tener claro que el españolismo de Iberia tiene tanto o más de noble y de intimista que de flamenco, por lo que no plantea deformar la estética albeniciana, ni tampoco entrometerse en ella, sino, en verdad, subrayarla y colorearla. “Evocación”, originalmente “Prelude”, es el pórtico de la suite, su pieza más enigmática, tranquila y misteriosa, todo lo que contrario que “Triana”, brillante, apoteósica y hasta bullanguera, sorprendente en ritmos y armonías, y que la disonante “Lavapiés”, la única no directamente inspirada en Andalucía, con su casticismo madrileño encauzado a través de esa habanera airosa y guasona que sugiere el sonido de un organillo callejero.
Otra vía es la que escoge Cristóbal Halffter (n. 1930) en Halfbéniz, pues no traslada directamente al espacio sinfónico una página de la suite, en este caso “El albaicín”, sino que parte de ella y la toma como raíz; así, no cuesta reconocer el lejano canto de la guitarra que evocan los primeros compases de la pieza original, y aunque durante el divertimento Halffter lo distorsiona y lo desfigura hacia un singular espacio caótico, al final de la obra acaba volviendo a ellos, al barrio gitano de Granada, a Albéniz. Encargada por la Sociedad Estatal “España Nuevo Milenio”, la partitura se estrenó en el Auditorio Nacional de Madrid en febrero de 2001, con Rafael Frühbeck de Burgos al frente de la Orquesta Nacional de España. Quince años antes, Halffter había estrenado en Basilea su Tiento de primer tono y batalla imperial en homenaje al músico y mecenas suizo Paul Sacher, que por entonces celebraba su ochenta aniversario. En este caso las referencias son dos, el “Tiento de primer tono” de Antonio de Cabezón (1510-1566) y la “Batalla imperial” de Juan Bautista de Cabanilles (1644-1712), por lo que la gravedad, la maestría contrapuntística y la expresión festiva de los grandes organistas del pasado se une con la creatividad del músico contemporáneo, que en este caso no es el (post)revolucionario de los cincuenta o el (post)vanguardista de los sesenta y setenta, sino el humanista que vino después, el renovador y el defensor de una tradición para la que, en sus manos, el tiempo parece no pasar jamás.
Gustav Mahler (1860-1911) es otro mundo, desde luego, una figura única, distinta, excepcional, completamente aparte, un hombre abatido, volcánico, contradictorio, desafiante, extenuado en su continua lucha con la muerte. No por nada quiso expresarse, en una época muy concreta, a través de los poemas de Friedrich Rückert: “¡Puede muy bien creerse que estoy muerto! De hecho, no hay nada que me importe si se me considera muerto. Ni siquiera puedo negarlo. Realmente he muerto para el mundo” (“Ich bin der Welt abhanden gekommen”, Rückert-lieder, 1901). Incluso entre 1884 y 1889, que es cuando escribe su Primera sinfonía, el joven Mahler muestra una capacidad extraordinaria para expresar sus emociones a través de la música. Su catálogo no es aún excesivamente amplio: las obras más importantes hasta el momento son la cantata Das klagende Lied (“La canción del lamento”) y el ciclo Lieder eines fahrenden Gesellen (“Canciones de un camarada errante”), escrito sobre textos propios, con excepción del primero, entre 1883 y 1884. Son precisamente estas canciones las que marcan la pauta de la sinfonía, que posee, “por su exuberancia emocional, por la audacia incondicional e inconsciente de su novedad en la expresión y por su riqueza imaginativa, la fuerza única de una obra maestra de juventud”, según palabras de Bruno Walter. Y, es verdad, esto que para Mahler no sería más que un “ensayo juvenil” parece ya una auténtica confesión personal, la puesta en música de recuerdos quizás muy dolorosos sobre los que acaba imponiendo un grito altisonante y triunfal. Concebida inicialmente como un gran poema sinfónico, Viena recibe la versión definitiva de la obra en 1900, y no sin cierta perplejidad, pues entusiasma a unos pocos y desconcierta (escandaliza) a muchos más, entre éstos a Eduard Hanslick, quien, recuperado tras el “horroroso” movimiento final, escribe en referencia a Mahler: “¡Uno de los dos debe de estar loco, y no soy yo!”.
Como es evidente, dado su origen, la obra puede adoptar un carácter programático: un hombre, un héroe (el “Titán” de Jean Paul), enfrentado al mal y que, a base de esfuerzo y sacrificio, acaba alzándose con la victoria. Aparece ya también uno de los elementos clave en el pensamiento musical mahleriano: la llamada de la naturaleza, que se arrastra lentamente, sobre una cuerda suspendida, en el inicio del primer movimiento. Se oye el canto de un cuco, también una lejana fanfarria, y enseguida los violonchelos presentan el tema principal (extraído de “Ging Heute morgen ubers Feld”, de las Canciones de un camarada errante), que abre la vía de un lirismo plácido y pastoril que, en cualquier caso, no evita el enfrentamiento posterior que mantiene el protagonista con la naturaleza o, quizás, la naturaleza consigo misma. Un vigoroso Ländler en 3/4 de aire popular se opone en el segundo movimiento, que hace las veces de Scherzo, a un Trío de inspiración un tanto urbana: es el contraste entre el campo y la ciudad, que con los años va a derivar en contraste entre el día y la noche, entre la luz y la oscuridad.
En el tercer movimiento, que en su versión primitiva llevaba el título de “Marcha fúnebre al estilo de Callot”, o sea, a un estilo paródico y extravagante no exento de carga dramática, el camarada errante (“Die zwei blauen Augen”) vuelve al primer plano con el sombrío y persistente tema de la cuerda grave, a la que se une el oboe presentando un par de melodías grotescas y hasta un punto macabras. Es por ello que aún parece más bella y hermosa la sección central que abre el arpa y siguen los violines con una melodía de gran hondura poética. El amplísimo movimiento final tiene un arranque tan furioso, explosivo, brutal y titánico que la sensación de inquietud late de fondo incluso cuando la cuerda expone las melodías más dulces de la sinfonía o cuando se trata de recuperar la atmósfera del movimiento inicial, pues Mahler parece querer liberar sus emociones para siempre, y éstas estallan una y otra vez en violentos clímax revelando no ya el triunfo del titán sobre el mal, sino el adiós definitivo del compositor a una época de la que aún parecía incapaz de alejarse: su infancia.
Asier Vallejo Ugarte
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Related events
WERTHER – J. MASSENET
Place: Euskalduna Bilbao
Inicia 2026 la ópera cumbre del romanticismo francés: Werther de Jules Massenet, basado en el clásico epistolar de la literatura universal «Los sufrimientos del joven Werther» de Goethe, que trata sobre la experiencia profunda del amor que no encuentra la felicidad.
Este drama lírico en cuatro actos y cinco cuadros de argumento extremadamente romántico narra la historia de amor imposible entre Werther y Charlotte y destaca por su delicada línea melódica y elegante revestimiento orquestal. Para dar vida a los personajes de esta historia y afrontar su complejidad musical, ABAO ha reunido un elenco encabezado por Stephen Costello, que debuta en la asociación; a su lado una de las mezzosopranos más importantes del momento: Annalisa Stroppa.
La dirección musical está a cargo de un gran especialista en el repertorio francés, Carlo Montanaro, al frente de la Bilbao Orkestra Sinfonikoa para abordar esta partitura de esmerada, poderosa, bella y rotunda orquestación cuyos momentos emblemáticos aún hoy causan gran efecto sobre el público.
En escena un espectáculo de belleza poco común de Rosetta Cucchi para el Teatro Comunale di Bologna. Con un estilo cinematográfico, destaca por su intensidad dramática y poética, su capacidad de implicación, el refinamiento de las escenas y el atractivo del vestuario.
CAMBIOS REPARTO
El tenor Celso Albelo interpreta el rol de Werther en sustitución de Stephen Costello.
ELENCO
Charlotte Annalisa Stroppa
Sophie Lucía Iglesias *
Albert Àngel Òdena
Le Bailli Enric Martínez-Castignani
Schmidt Josu Cabrero
Johann José Manuel Díaz
Katchen Olga Revuelta
Werther Celso Albelo
Bruhlmann Martín Barcelona
EQUIPO ARTISTÍCO
Director Musical Carlo Montanaro
Coro Coro de niños
Leioa Kantika Korala Director Del Coro Esteban Urzelai Eizagirre
Dirección De Escena Rosetta Cucchi
Producción Teatro Comunale di Bologna
Orquesta Bilbao Orkestra Sinfonikoa
* Debuta en ABAO
Maestro de maestros
Place: Euskalduna Palace,Bilbao
Joaquín Achúcarro, además de su brillante carrera internacional, ha desarrollado una intensa actividad pedagógica, sobre todo en su cátedra en Dallas, de la que han surgido excelentes pianistas. Rendimos homenaje a esta faceta del maestro en la figura de su alumno y gran concertista Alessio Bax, ante ese tótem del repertorio que es el primero de Brahms. Stravinsky, una de las especialidades de Erik Nielsen y el recuerdo a nuestro Arriaga en su bicentenario completan el programa.
J. C. Arriaga
Obertura Op. 20
J. Brahms
Concierto nº 1 para piano y orquesta en re menor Op. 15
I. Stravinsky
El pájaro de fuego, Suite
Alessio Bax, piano
Erik Nielsen, director
Cámara 5
Place:
200 Arriaga
C. Frühling
Trío para clarinete, violoncello y piano en la menor Op. 40
Trío de clarinete, violonchelo y piano BOS
J. C. Arriaga
Cuarteto nº 3 en Mi bemol Mayor
Cuarteto de cuerda BOS
La Quinta de Tchaikovsky
Place: Euskalduna Palace,Bilbao
Cuando Tchaikovsky presentó al mundo su quinta sinfonía, ya era considerado el primer compositor de Rusia, un país que se tomaba muy en serio la música. Y en ella cumplió el objetivo de los grandes: sonar universal sin renunciar a sus raíces nacionales. Shostakovich, por su parte, se dió una tregua para regalar un precioso concierto, ligero, elegiaco y ensoñador, a su hijo Maxim. Para abrir, un joven Ligeti rindiendo homenaje al folklore de su Rumanía natal.
G. Ligeti
Concert Românesc
D. Shostakovich
Concierto nº 2 para piano y orquesta en Fa Mayor Op. 102
P. I. Tchaikovsky
Sinfonía nº 5 en mi menor Op. 64
Simon Trpčeski, piano
Pablo González, director
