Concerts

BOS SEASON 15-2012-2013


Euskalduna Palace.   20:00 h.

D. Shostakovich: Obertura festiva (6’)
D. Shostakovich: Concierto para violonchelo y orquesta nº 2 (33’)
S. Tsintsadze: Tres miniaturas, basadas en música popular georgiana
A. Khachaturian: Selección de las suites Masquerade y Spartacus
Daniel Müller Schott, violonchelo

Hobart Earle

DATES

  • 16 May 2013       Euskalduna Palace      20:00 h.
  • 17 May 2013       Euskalduna Palace      20:00 h.

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Moscú, el conservatorio que no siempre conservaba

Un edificio, grandote pero nada más que un edificio. Lleno de instrumentos, lleno de gente que toca estos instrumentos. Lleno de voces. Lleno de partituras, lleno de lápices que llenan los pentagramas de nuevas partituras. Lleno hasta reventar de música. Uno de los corazones de Rusia, de la Unión Soviética. Uno de los minúsculos corazones del planeta Tierra. El conservatorio de Moscú.
 
Todo el mundo cree que a un conservatorio se va a aprender. Bueno, pues sí; también. Más bien a un conservatorio se va a dejar de ser el raro de tu pueblo. Aunque en realidad los habitantes de un conservatorio no dejan de ser los raros de sus pueblos: simplemente han salido de ellos y se han metido todos en la misma cantina. Un proceso no previsto de pasteurización existencial. Muchos raros juntos ya no pueden ser, por definición, muchos raros. Ahora son un montón de personas que hablan un mismo idioma. Respiran aliviadas. Luego se les pasa el alivio, pero siguen respirando. De hecho, romperán a cantar.
 
A algunas facultades universitarias -no a todas, claro- se puede ir con ciertas garantías a pasar el rato. Todos lo hemos vivido en carne o cartera propia. Se juega al mus, se ligotea con los Erasmus en un inglés que da miedo oírlo (el nuestro, nunca el de ellos), se fuman cosas legales y alegales, una vez por semestre se pega uno un atracón de apuntes prestados y, hala, vuelta a empezar. Así de las 18 a las 23 primaveras, añito arriba o abajo. A un conservatorio como el de Moscú no se va con este plan, y menos aún en la década de 1940. En este conservatorio y en estas fechas se entraba siendo ya un titán. Chicos y chicas -respecto a la igualdad, los soviéticos medio que cumplieron- que habían pasado un proceso de selección inconcebible. Tréboles de cinco hojas. En la Unión Soviética la música era una de las pocas religiones aceptadas y alentadas, así que desde las infinitas escuelas de música al Este del Telón de Acero se enviaban solicitudes con carpetas llenas de loas al geniecillo local. Loas generalmente bien merecidas. Descontada la cuota de enchufados por el Partido imaginemos el nivelazo del resto de la tropa. Profesorado y alumnado.
 
Todos los compositores de esta noche estuvieron allí, vaya que si estuvieron. Pero aunque son todos los que están, no están todos los que fueron. Falta Rostropovich, Mstislav Leopoldovich Rostropovich. El músico que no quiso ser compositor, para desesperación de su profesor Shostakovich, Dmitri Dmitriyevich Shostakovich (1906-1975).
 
Aram Khachaturian (1903-1978), armenio-georgiano, fue admitido en el conservatorio de Moscú y viajó 2000 kms para estudiar cello con el profesor titular Semyon Kozolupov, un personaje extraño en la acepción menos tierna de extraño. Khachaturian también cursaba los estudios de composición y finalmente optó por ellos. Se convirtió en uno de los pilares del olimpo musical de la nación. La URSS perdía un buen cellista y ganaba un gran compositor.
 
Sulkhan Tsintsadze (1925-1991), georgiano nacido a 80 kms de Khachaturian, también fue aceptado en el conservatorio de Moscú y también subió los 2000 kms para estudiar cello con Kozolupov. Para variar estudió composición en paralelo y, sorpresa, abandonó el instrumento para centrarse en la creación. Tsintsadze desanduvo el camino y volvió a su Georgia natal para hacerse cargo de la vida musical en Tbilisi. Otro gran compositor que dejó su carrera de buen instrumentista.
 
Lo de Mstislav Rostropovich (1927-2007) tuvo más miga. Por supuesto nació a 2000 kms al sur de Moscú y, por supuesto, fue admitido en el conservatorio de Moscú para estudiar cello con Kozolupov, ¡que era tío suyo!. Por supuesto se matriculó asimismo en composición. Y aquí finaliza este día de la marmota. Tras dos cursos en el conservatorio, el violoncellista Rostropovich se presentó con 18 años al Concurso de la Unión Soviética para Jóvenes Músicos (el límite de la juventud se llevó hasta más allá de la treintena para dar cabida a todos los artistas movilizados por la Segunda Guerra Mundial). Los debates en el seno del jurado fueron acalorados y estrafalariamente chuscos. Su profesor, Kozolupov, insistía en cargárselo bajo el argumento de que ya tendría tiempo de ganarlo en el futuro (la verdadera razón parecía ser bastante más siniestra y tenía que ver con celos del padre de Mstislav, Leopold, también cellista. Hamlet en versión soviética). En el otro bando estaba el presidente del tribunal, el ya famosísimo Shostakovich, quien insistió ferozmente en otorgarle el premio al chaval aun a riesgo de perderlo para las filas de la composición, cosa que ya sabemos que terminó sucediendo. El mundo desaprovechó un compositor normalito tirando a malo -si hemos de creer al interesado- para conservar a uno de los instrumentistas más remarcables que ha dado el Planeta.
 
La reflexión de Rostropovich fue directa y sin paños calientes. Para qué voy a dedicarme a escribir música si vivo rodeado de gente que lo hace pero que mucho mejor que yo. Venga, yo a tocar -que no veo yo muchos referentes por ahí arriba- y a conseguir que todos estos creadores a los que admiro escriban algo para cello. El proyecto de una vida. Un proyecto cumplido. El relato de las mañas que puso en juego para conseguirlo llenaría varios volúmenes de batallitas. A Britten le sacó la promesa de las Tres Suites para Cello con la amenaza cierta de hacer la más grotesca y ridícula de las reverencias ante un miembro de la familia real británica si no se las componía. A todos les decía lo mismo. "Escribe lo que creas que tienes que escribir. Todo se puede tocar".
 
Mstislav, Slava para todos, tenía una de las personalidades más solares que haya visto la historia de la música. Como el Mozart de Milos Forman pero en real. Le bastaba con dormir tres horas por noche. Generoso hasta la ruina. Con unas capacidades intelectuales que dejaban boqueabiertos a sus semejantes -y no eran semejantes cualesquiera-: todo le interesaba, a todo el mundo preguntaba y escuchaba. Pianista a ratos muertos de un nivel apabullante -llevó el Segundo de Rachmaninov a su examen de piano complementario-, un director de orquesta galvanizador. El mejor y más impuntual de los docentes. Aprendió de memoria todo lo que tocó en su vida -aunque una buena parte de este repertorio sólo lo interpretase en una ocasión-. y de su resistencia en el terreno de la farra y la parranda mejor no hablar. En resumen, los testimonios coinciden en que su sola presencia hacía cambiar la temperatura de una sala. Todos entendían el apodo de ‘Girasol’ en este sentido, hasta que llegó una hermana y explicó que esto de girasol es porque cuando era niño no había forma de peinarle la mata de pelo.
 
En 1965 Slava ya estaba más que lanzado en su política de recolección y contactó a un crío de dieciséis años, Boris Tishchenko, alumno en último curso de Shostakovich, de quien su amigo del alma y compañero en el claustro del conservatorio hablaba maravillas. Tishchenko le compuso un bello e insólito concierto para cello, 17 vientos, acordeón y percusión. Al principio Shostakovich puso el grito en el cielo al saber que Boris se había salido del plan de estudios para escribir esta obra pero, cuando la vió, felicitó al hombrecito. Es más, en un gesto inusual de respeto y admiración, Shostakovich reorquestó el concierto de Tishchenko para que fuera más programado. Y el largo 1966 no acabó aquí. Shostakovich decidió regalar a Slava -y regalarse a sí mismo por su 60 cumpleaños- un segundo concierto para cello y orquesta, el opus 126. Una obra hecha con los ingredientes de lo que iba a ser su 14ª Sinfonía. El exuberante Rostropovich y el timidísimo Shostakovich mantuvieron durante tres décadas una profunda amistad. Ambos ocupaban sistemáticamente las portadas zalameras de la prensa mundial mientras que en su propio centro, el conservatorio de Moscú, los trataban por rachas como apestados. Este Segundo Concierto para Cello de Shostakovich no es otra cosa que una conversación privada hecha pública: una de las formas que encontraron de hablarse en un mundo en el que las paredes escuchaban y largaban.
 
El resto de las obras del programa son otras declinaciones de cómo los compositores soviéticos podían y debían concebir la música. La Obertura Festiva había sido compuesta por Shostakovich en 1947 para el 30 aniversario de la Revolución pero que, finalmente, quedó aparcada hasta 1954; año en la que se utilizó para la fiesta del 37 aniversario. Decir que esta obra es de Shostakovich es mucho decir. Sin duda escribió todas y cada una de las notas, gustó a rabiar y Stalin la habría canturreado si no hubiese muerto el año anterior; pero quien seguro que no la canturreó jamás fue el propio compositor. Tanto el Concierto para Cello es denso a saturación de su ser como homeopática es la Obertura. Por supuesto Shostakovich nunca dijo ni mu al respecto.
 
Las danzas de Tsintsadze son otro de los vectores de creatividad, éste sí mucho más sincero, que acogió la URSS. Durante su larguísima carrera, desde sus primeras obras de 1945 hasta 1988, Sulkhan cultivó sistemáticamente la miniatura folklórica para cuarteto de cuerda. Georgia lo reconoció como una de sus voces, orquestaron muchas de estas obritas y esta fama de chico bueno le abrió un cierto crédito que Tsintsadze gastó en componer una serie paralela de cuartetos en un lenguaje mucho más experimental.
 
Otro tanto podría decirse de Khachaturian. Su música para el drama ‘Masquerada’ de Lemontov fue compuesta en 1941, pero no fue hasta 1944 que la obra se dió a conocer al gran público a través de su versión reducida de suite orquestal. El Vals de ‘Masquerada’ fue tan popular como el Adagio de ‘Spartacus’, otra de sus partituras más escuchadas. Aram extrajo al menos seis suites diferentes de este ‘Spartacus’, un gran ballet en cuatro actos estrenado en Leningrado en 1956. De nuevo la Unión Soviética coronaba a un compositor con una mano mientras con la otra le hacía signos de callarse. Khachaturian, otro de los grandes amigos de Rostropovich, fue de los pocos que se negó a que su compañero se convirtiera en transparente. Durante dos largos años se jugó su propio prestigio al obstinarse en visitarlo hasta el mismo día de 1974 en que Slava abandonó su patria con su familia, dos cellos, una maleta por barba y un perro de 90 kilos. El conservatorio de Moscú fue una fabuloso centro de creación pero, ciertamente, tantas veces no pudo o no supo oponerse a las fuerzas que lo obligaban a no conservar.
 
Joseba Berrocal
 
 
 
 
Daniel Müller-Schott, violonchelo
 
Nació en Munich, comenzó a estudiar violonchelo con 6 años. Estudió con Heinrich Schiff y Steven Isserlis. Con 15 años, ganó el Premio Chaikovsky de Moscú.
 
Esta temporada tocará con la Orquesta Ciudad de Birmingham y Andris Nelson, Filarmónica de Londres y Christoph Eschenbach, Orquesta Nacional de Francia y Kurt Masur, Orquesta NHK en Japón y Kurt Masur, Orquesta Sinfónica de Sao Paulo y Yan Pascal Tortelier, y con la Filarmónica de la Royal Liverpool y Vasily Petrenko. Con la Sinfónica de Nueva Zelanda y Pietari Inkinen realizará una extensa gira.
 
Ha ofrecido recitales en Washington, Musikverein de Viena, Concertgebouw y Wigmore Hall de Londres. Actúa en los Festivales de Salzburgo, Lucerna, Ravinia, Tanglewood y Aspen.
 
Como músico de cámara colabora con Julia Fischer, Anne-Sophie Mutter, Jean-Yves Thibaudet.
 
Su grabación de las Suites de Britten ha obtenido el premio Diapason d´Or. Ha grabado la Sinfonía de Bitten y la Sinfonía concertante de Prokofiev junto a la WDR Symphony Orchestra y Jukka-Pekka Saraste.
 
 
Toca un violonchelo Matteo Goffriller “Ex Saphiro” de 1727.
 
 
 
Hobart Earle, director

Nacido en Venezuela, aunque de padres estadounidenses, Hobart Earle ha adquirido fama en varios continentes como director dinámico y vibrante.

 
En la actualidad, es el director musical y director principal de la Orquesta Filarmónica de Odessa, orquesta a la que el maestro Earle ha elevado a una prominente posición internacional sin precedentes en la historia de la organización. Con esta orquesta, ha dirigido cientos de conciertos con gran éxito por toda Europa, Norteamérica y Australia.
 
Como invitado, ha actuado con numerosas orquestas de Europa, Norteamérica y Asia. En Rusia, ha dirigido varias de las principales orquesta de Moscú, así como la Filarmónica de San Petersburgo. Durante las dos últimas temporadas, dirigió nuevas producciones de los ballets La reina de las nieves y Don Quijote en la Ópera Nacional de Grecia en Atenas.

Hobart Earle, galardonado con el título de Artista Distinguido de Ucrania, ha sido el primer y único extranjero en la historia de Ucrania en recibir tal honor. En 2003, en colaboración con los principales periódicos de Ucrania, la Asociación de Cosmonautas Rusos le dio el nombre de Hobart Earle a una de las estrellas de la constelación Perseo.

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Marta Infante, mezzosoprano
Juan de la Rubia, órgano positivo y dirección

18:00 h  Charla previa el viernes a cargo de Mercedes Albaina.

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