Conciertos

BOS 01


Palacio Euskalduna .   19:30 h.

Erik Nielsen, director

Edvard Grieg (1843 – 1907): Concierto para Piano y Orquesta en la menor Op. 16
I. Allegro molto moderato
II. Adagio (Attacca)
III. Allegro moderato molto e marcato – Andante maestoso

Joaquín Achúcarro, piano

Anton Bruckner (1824 – 1896): Sinfonía No. 7 en Mi Mayor (1883-Nowak ed.)
I. Allegro moderato
II. Adagio
III. Scherzo
IV. Finale

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Los mayores triunfos

Los inicios musicales de Edvard Grieg, nacido en Bergen en 1843, transcurrieron en un momento en el que Noruega daba sus primeros pasos en la búsqueda de un idioma musical propio, aunque ninguno de estos pasos podía eludir la gran atracción que ejercía la ciudad de Leipzig (la Gewandhaus y el Conservatorio fundado por Mendelssohn) sobre los jóvenes compositores escandinavos. El estilo de Grieg se forjó en ese cruce de caminos entre la escuela alemana y la música popular noruega; tras cuatro años de severa formación en el conservatorio de Leipzig, de los que no guardaría buen recuerdo en el futuro, desde 1864 comenzó a interesarse por el folclore musical escandinavo a través de las canciones populares recopiladas por Ludwig Mathias Lindeman y de la mano de colegas como Rikard Nordraak, autor del himno nacional noruego. En palabras de Alfred Einstein, “Norkraak no vivió lo suficiente para que su música se desarrollara en toda su plenitud; su mérito consistió sobre todo en impedir que Grieg sucumbiera enteramente bajo el peso del germanismo clasicista”.

En cualquier caso, Grieg se había llevado de Leipzig el conocimiento de las formas clásicas y una gran admiración por Schumann, miniaturista como él, más confiado y seguro en las piezas características, en los espacios íntimos, que en las grandes composiciones instrumentales. Y aun así, ambos se lucieron en sendos conciertos para piano, instintivamente emparentados en su tonalidad y en su apariencia exterior. En 1860 Grieg escuchó en Leipzig a Clara Schumann interpretando el concierto de su difunto marido y, sin duda, aquella experiencia le marcó para siempre. Muchos años más tarde, en 1903, diría del concierto que “inspirado desde el comienzo hasta el final, permanece inigualado en la literatura musical y nos asombra tanto por su originalidad como por su noble rechazo de un estilo extrovertido y virtuosista. Es un concierto querido por todos, tocado por muchos, bien tocado por pocos y realmente comprendido por aún menos personas; de hecho, quizás por una sola, su mujer”.

Grieg compuso su Concierto en la menor entre el verano de 1868 y comienzos de 1869, no en el momento más dulce de su vida, aunque con los ánimos renovados tras una carta de Liszt enviada desde Roma reconociendo en él un “vigoroso talento para la composición, reflexivo, inventivo y de excelente pasta, el cual no tiene más que seguir su rumbo natural para llegar a un elevado rango”. Su estreno en Copenhague, el verdadero centro cultural del área escandinava, le reportó tal triunfo que desde entonces tuvo claro que dedicaría su vida enteramente a la composición. Liszt aplaudió la obra desde el momento en que la conoció y, además, dio a Grieg una serie de sugerencias sobre la parte orquestal que llevarían al compositor a no acertar con una versión definitiva hasta 1907. También Chaikovski declararía su admiración por la obra, en la que veía “la más escasa de las cualidades: la perfecta simplicidad”, y aunque nunca han dejado de señalarse debilidades en su estructura (“su combinación de pasajes pianísticos de bravura con episodios líricos es excesivamente simple y abocetada”, escribe León Plantinga), con el tiempo este Concierto en la menor se ha convertido en una de las obras centrales y más populares del género.

De los tres movimientos es el primero el más cercano a Schumann desde sus primeros compases, en los que las maderas anuncian delicadamente el tema principal luego de un duro golpe orquestal y un impetuoso motivo descendente en el piano. Más tarde, claro, es la voz de Grieg la que se impone, su pronunciada vena melódica, sus propios acentos y juegos armónicos, también patentes cuando los violonchelos introducen el segundo tema, aún más expansivo que el primero. Una nueva influencia, la de Liszt, hace valer su peso en la gran cadencia, toda una suerte de rapsodia sobre el tema principal. El Adagio, en re bemol, es puro lirismo, las melodías son más transparentes y profundas, más cercanas, más plácidas, como si se tratara de un encuentro íntimo entre la orquesta y el piano, suavemente entrelazados. Después, el movimiento final empieza evocando el ritmo marcado del halling, una danza tradicional noruega, pero reserva en su camino una encantadora melodía de inspiración popular que, enunciada primero por la flauta, marca el desarrollo del concierto hasta su grandioso, colosal final.
En el momento en el que Grieg componía su concierto, en el otoño de 1868, Bruckner llegaba a Viena como organista de la corte y profesor de armonía, contrapunto y órgano en el Conservatorio. Dejando atrás su etapa como organista en la catedral de Linz, donde era un músico admirado y respetado, y con la incertidumbre de los hombres de campo que aterrizan en las grandes ciudades. Aunque los comienzos fueron buenos y su peculiar figura se hizo rápidamente familiar entre las calles de la capital, sus composiciones sinfónicas no tardarían en encontrar serios obstáculos. Como cuenta Henry-Louis de La Grange, “en la corte, la educación obsequiosa y algo pasada de Bruckner, su respeto servil frente a sus superiores, sus ropas de campesino endomingado se considera algo pintoresco, simpático, tranquilizador e incluso biedermeierisch (…) Pese a ello, de momento, Viena no está lista para tomárselo en serio como sinfonista y ello le desconsuela hasta la humillación”. Ciertamente, la Filarmonía no mostró ningún interés por la única sinfonía que tenía escrita entonces, la Primera, y para el estreno de la Segunda, en 1873, hubo de contratar él mismo a su costa a la Filarmónica. Después, la Tercera fue recibida su primera noche (1877) con una suma de indiferencia y desaprobación que desalentó durante los cuatro años siguientes cualquier interpretación de sus obras.

Bajo ese ambiente Bruckner realizaría numerosas revisiones de sus composiciones (lo que daría lugar a un auténtico laberinto de obras, versiones y estrenos) pero continuó componiendo fiel a su estilo, en el que profundizaría sinfonía a sinfonía hasta obtener, en las tres últimas, sendas jugadas maestras. El primer éxito le vino en 1881 con el estreno de la Cuarta y ese mismo año comenzó la composición de la Séptima, que le llevaría dos años. Entretanto se enteró de la muerte de Wagner y sufrió un nuevo golpe cuando el director de la Ópera, Wilhelm Jahn, rechazó dirigir completa la Quinta por considerarla excesivamente larga. Bruckner contraatacó con un monumental triunfo de la Séptima fuera de Viena, precisamente en Leipzig, donde se había programado su estreno mundial. Fue en diciembre de 1884, recién cumplidos los sesenta. Para Arthur Nikisch, director de la Gewandhausorchester, no había habido nada comparable desde Beethoven. El éxito se repitió en Múnich y enseguida la Filarmónica de Viena propuso llevarla a la capital, a lo que el compositor se negó alegando que “los principales críticos vieneses no dejarían de cruzarse en mi camino y frenar en Alemania mis triunfos”. El empuje de la Séptima, que dedicó a Luis II de Baviera, era extraordinario.
En términos generales, el estilo de Bruckner se define por la exuberancia de las sinfonías, sus densas y masivas orquestaciones, sus potentes bloques sonoros y el uso reiterado del contrapunto, que tan bien conocía por su dominio del órgano y su devoción por los compositores barrocos alemanes. A menudo se comparan con grandes catedrales góticas, tanto por sus dimensiones como por la atmósfera de divinidad que las envuelve. El esquema es común en casi todas ellas, que se inician normalmente como la Novena de Beethoven, emergiendo el sonido gradualmente desde el silencio, y cuentan con cuatro movimientos tradicionales, los cuatro con caracteres muy definidos: el primero y el cuarto describen la grandeza de las sinfonías, siguen la estructura de allegros de sonata (con amplios desarrollos) y emplean materiales similares; los movimientos lentos “alcanzan una sublime solemnidad con sus melodías de largo aliento, donde se alternan habitualmente dos secciones en la forma ABABA, a menudo en tempos diferentes” (Grout), albergando los Scherzos aires de danza, recuerdos de la música popular austríaca.

Partiendo de ese esquema, la Séptima tiene ciertas particularidades, como el empleo de cuatro tubas wagnerianas o el intenso lirismo que la atraviesa de inicio a fin, que es lo que hace de ella una sinfonía especialmente popular entre las brucknerianas. De entrada, el motivo que abre el movimiento inicial, forjado por materiales de las tres sinfonías previas, es esencialmente melódico, una invocación del canto puro. El amplísimo Adagio, mezcla admirable de calma y nobleza, tiene la particularidad de incluir hacia el final una música fúnebre escrita tras recibir la noticia de la muerte de Wagner. Si algo muestra el Scherzo, especialmente en la melodía Ländler del trío, es la nostalgia del campo, del paraíso de la infancia, mientras que el Finale se caracteriza por el tono marcial de su tema principal, aún algo presente en el coral que viene después, asomando al fondo, preludiando el esplendoroso desenlace que está a punto de llegar.

Asier Vallejo Ugarte

JOAQUÍN ACHÚCARRO – Piano

Nació en Bilbao. Su victoria en el Concurso Internacional de Liverpool de 1959 (ganado un año antes por Zubin Mehta) y su debut con la London Symphony en el Royal Festival Hall marcó el inicio de su carrera internacional.

Achúcarro mantiene una ininterrumpida actividad concertistica internacional que le ha llevado a 61 países, actuando en salas como Avery Fisher Hall,

Berlin Philharmonie, Carnegie Hall, Concertgebouw, Kennedy Center, Musikverein, Royal Albert Hall, Festival Hall, Barbican, Salle Gaveau, Salle Pleyel, Teatro alla Scala, Suntory Hall, Sydney Opera House, tanto en recitales como de solista con más de doscientas orquestas diferentes que incluyen la Berlin Philharmonic, Chicago Symphony, New York Philharmonic, Los Angeles Philharmonic, La Scala di Milano, Sydney Symphony, BBC, London Philharmonic, London Symphony, Philharmonia, Orchestre de Montreal, Santa Cecilia di Roma National de France, Tokyo Philharmonic, Tokyo Symphony, Tonkünstler Wien, Nacionales de Chile, de México, Colombia, Venezuela y por supuesto, todas las orquestas españolas, junto a más de 400 directores como Claudio Abbado, Sir Adrian Boult, Riccardo Chailly, Sir Colin Davis, Zubin Mehta, Sir Yehudi Menuhin, Seiji Ozawa y Sir Simon Rattle.

En 2014 SONY reeditó sus famosas Goyescas de Granados. Grabó en DVD el concierto n.2 de Brahms con la London Symphony Orchestra y Sir Colin Davis y otro con las “Noches en los Jardines de España” de Falla con la Orquesta Filarmónica de Berlín y Sir Simon Rattle. Su última grabación ha sido un Cd con los 24 Preludios, Barcarola y Fantasía Impromptu de Chopin, para la compañía La Dolce Volta.

En 2008 se creó la Fundación Joaquín Achúcarro “para perpetuar su legado artístico y docente” ayudando a jóvenes pianistas. En Febrero 2018 ingresó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando como académico de honor y en Mayo 2018 fue investido Doctor Honoris Causa por la Universidad Autónoma de Madrid.

ERIK NIELSEN – Director

Erik Nielsen se convirtió en director titular de la Orquesta Sinfónica de Bilbao en septiembre de 2015 y desempeñó el cargo como director musical del Teatro de Basilea de 2016 a 2018. En 2002 comenzó una asociación de 10 años con la Ópera de Frankfurt, comenzando como Korrepetitor (pianista) y más tarde como Kapellmeister. Un año antes de esto, fue arpista en la Filarmónica de Berlín como miembro de su Orchester-Akademie.

El Maestro Nielsen estudió dirección de orquesta en el Instituto de Música Curtis en Filadelfia y recibió su licenciatura en oboe y arpa en la Juilliard School of Music.

Algunos de sus próximos proyectos para la temporada 19/20 incluyen Die Meistersinger en Oslo, una gira por China con la Royal Swedish Opera Orchestra, además de conciertos en Madrid, Manchester, y su regreso a la Bayerische Staatsoper en Múnich.

Entre los compromisos recientes se encuentran Karl V de Krenek con la Bayerische Staatsoper Munich, Edipo Rex, Prigioniero y Pelléas et Mélisande en la Semper Oper Dresden, Peter Grimes y Orja de Trojahn en la Opernhaus de Zúrich, Billy Budd y Das Mädchen de Lachenmann en Frankfurt, Mendi Mendiyan de Usandizaga, la Pasión según San Juan y Salome en Bilbao, y The Rake’s Progress en Budapest, además de conciertos en Oslo, Estocolmo, Madrid, Estrasburgo, Lisboa, Basilea, Aspen y en el Interlochen Arts Camp.

En 2009 fue galardonado con el Premio Sir Georg Solti por la Fundación Solti U.S.

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