Conciertos

BOS 06

Abono de Iniciación


Palacio Euskalduna .   19:30 h.

Lucas & Arthur Jussen, dúo de pianos
Erik Nielsen, director

I

FRANZ JOSEPH HAYDN (1732-1809): Sinfonía nº 59 en La mayor, “Fuego” 17:00

I. Presto
II. Andante o piu tosto Allegretto
III. Menuetto – Trio
IV. Allegro assai

FRANCIS POULENC (1899-1963): Concierto para dos pianos y orquesta en re menor 20:00

I. Allegro ma non troppo
II. Larghetto
III. Finale: Allegro molto
Lucas y Arthur Jussen, piano bikoeta / dúo de piano

II

IGOR STRAVINSKY (1882-1971): El pájaro de fuego, suite (versión 1945) 31:00

Introducción – Preludio, Danza del pájaro de fuego y variaciones –
Pantomima I – Paso a dos – Pantomima II – Scherzo
(Danza de las princesas) – Pantomima III –
Rondó – Danza infernal – Lullaby (Canción de cuna) – Himno final

Dur: 100’ (g.g.b./aprox.)

FECHAS

  • 12 de diciembre de 2019       Palacio Euskalduna       19:30 h. Comprar Entradas
  • 13 de diciembre de 2019       Palacio Euskalduna       19:30 h. Comprar Entradas

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Música que arde

Próxima ya la irremediable llegada del invierno, la orquesta templa hoy sus instrumentos ante un programa variado y colorido que nos invita a reunirnos al calor de la música.
De la Sinfonía nº 59 en La mayor de Joseph Haydn (Rohrau, 1732 – Viena, 1809) se desconocen varios aspectos, como la fecha de estreno o el evento que originó su composición, aunque algunas aportaciones desde la musicología apuntan a que esta música acompañó alguna representación escénica. Tampoco hay certeza sobre el momento concreto de su creación, ni acerca de su ubicación dentro del catálogo de Haydn, pero es posible situarla en torno a 1766, año señalado en la carrera del compositor por dos causas principales: tras la muerte de su predecesor, Haydn pasó a ser nombrado “primer director de la orquesta del príncipe” Nikolaus Eszterházy -apodado “El magnífico”- quien por aquel entonces se trasladó con su corte al palacio de Eszterháza, uno de los lugares de mayor esplendor musical de la época.

Esta nueva situación profesional y la tormenta que, bajo el nombre Sturm und Drang (tempestad e impulso), recorría Europa empujada por un romanticismo incipiente pero imparable, avivaron el fuego de su espíritu y afectaron a su escritura.

De aquellos años son estas palabras de Haydn: “Como director de la orquesta podía experimentar. Tenía libertad para cambiar, mejorar, añadir o suprimir, en fin, de permitirme todas las audacias posibles. Aislado del mundo no había nadie que me importunara y esto me permitió ser original”. Teniendo en cuenta el patrón de sinfonía “clásica” que el propio Haydn contribuyó a acuñar, resulta evidente a la escucha que esta obra es altamente expresiva y también peculiar. La pasión entreverada con la elegancia del salón principesco y la capacidad de evocar la naturaleza de lo ígneo a partir de una reducidísima instrumentación son atributos de esta sinfonía. El arranque con un salto de octava, las figuraciones rápidas en notas repetidas, los staccati y los pasos sin transición del forte al piano con que da comienzo el Presto, proclaman la esencia ardorosa de la obra.

Y siguiendo el dictado de la originalidad, toda la primera parte del Andante o più tosto Allegretto es conducida exclusivamente por las cuerdas, desplegando un tema cantabile con un aire intimista y algo nostálgico,
entonado al calor de la lumbre. Pero en los últimos compases, se incorporan los instrumentos de viento, insuflando una bocanada de energía que reaviva las brasas y evita que la llama se apague. Y, de hecho, una chispa prende el tercer movimiento y, en un alarde de coherencia musical, Haydn utiliza la misma idea del Andante en el Menuetto, aplicándole un temperamento más enérgico que cede en el Trío central, llevado de nuevo al particular territorio de las cuerdas, en un fluir constante y sinuoso que concluye con la solemne vuelta del tema principal.

El Allegro assai que cierra esta sinfonía inflamada es un buen ejemplo de porqué Haydn era considerado un compositor especial, tanto por el público como por sus colegas. El movimiento, cual hoguera que crepita, lanza al patio de butacas los impactos de trompas y oboes, antes de que empiecen a ser perseguidos por las cuerdas. El resultado es fogoso y teatral y da la razón a Stravinsky cuando afirmaba que “de todos los músicos de su tiempo, Haydn fue el más consciente de que ser completamente simétrico equivale a estar completamente muerto”.

Y como pasarela entre dos fuegos, la pasión algo alocada y transgresora de Francis Poulenc (París, 1899 – París, 1963) arde en su extraordinario Concierto para dos pianos en re menor. En esta obra, el calor de la expresividad tiene un rango muy amplio y va oscilando entre el fogoso frenesí y la combustión pausada y envolvente.

Pero lejos de crear un pastiche, Poulenc elevó este baile de llamas y rescoldos a la categoría de método estructural, articulando pasajes de intención y sensibilidades distintas y ensamblando imágenes sonoras de muy
variada índole. Así compuso este fabuloso fresco concertístico, desmarcándose de las corrientes más tradicionales del género y jugando al despiste entre la trascendencia y la trivialidad, entre la reflexión contemplativa y la chispeante despreocupación, entre la emoción y el juego. De esta manera, el compositor se hacía un guiño a sí mismo: “mi música es mi retrato”. Porque, sin duda, quien vivió intensamente aquel París de élites artísticas, de abolengos destronados, de aristócratas progresistas, de creadores irreverentes o de buscavidas iluminados, se empapó de toda la frescura, la diversión y la vanguardia que rezumaba una ciudad artísticamente poderosa e irrepetible. Por eso, un parisino tan auténtico como Poulenc y tan convencido de que “el arte y la vida no son cosas distintas”, solo tenía que ser él mismo para representar el espíritu de su ciudad natal.

El Concierto, dedicado a la Princesa de Polignac, fue estrenado el 5 de septiembre de 1932 en el Festival de Música de Venecia. La orquesta del Teatro alla Scala de Milán, dirigida por Désiré Defauw, puso el telón de fondo al pianismo y a la amistad entre el propio compositor y su querido Jacques Février, que actuaron como solistas. Poulenc tenía una especial inclinación por este instrumento desde niño, pues sus primeros aprendizajes le llegaron de la mano de su madre. Más tarde, estudió con el formidable pianista español Ricardo Viñes -por entonces residente en París y responsable de estrenar muchas composiciones de Ravel y Debussy- y llegó a alcanzar un excelente conocimiento del instrumento, tanto en el plano técnico como en el expresivo.

Pero además de su musicalidad genuina, en esta obra asoman las influencias de sus afinidades por otros lenguajes. Uno de ellos alienta su lado salvaje: el del enérgico e innovador Igor Stravinsky, un ruso proyectado a la gloria desde París y que para Poulenc gozaba de todos los talentos. Por eso, ya en el Allegro, ma non troppo inicial los motivos incisivos, los enlaces entre solistas y los de estos con la orquesta, irradian una fogosa energía que amaina alternando con pasajes humorísticos evocadores de los sonidos del music-hall parisino o dando paso a un calmado y soñador segundo tema, de aire sugerente y carácter armónico ambiguo. Al final del movimiento, un claro giro deriva el discurso hacia sonoridades más etéreas que nos van hipnotizando hasta que un guiño burlón nos saca del ensueño.

El otro influjo en esta obra, más plácido y equilibrado, viene de la mano de Wolfgang Amadeus Mozart, a quien el compositor francés prefería por encima de cualquier otro y cuya presencia se hace sonora en el Larghetto central. Un tema sereno y amable, de claro sabor mozartiano, va tiñendo su armonía de cierto romanticismo y ampliando su textura, llenándose de calor antes de concluir apacible pero nostálgico. La contundencia vuelve en el Finale: Allegro molto en el que colorido orquestal, melodía y virtuosismo son coprotagonistas del cierre de este concierto, fruto de la combustión lenta en la hoguera de las vanidades parisinas, durante los locos y felices años que serían transformados en cenizas por la barbarie de la guerra.

Educado desde pequeño en una atmósfera musical -su padre era un reconocidísimo bajo de la Ópera Imperial, que estudiaba sus papeles en casa-, Igor Stravinsky (Oranienbaumm, 1882 – Nueva York, 1971) se situó pronto bajo la estrella de Diaghilev: apenas tenía veinticinco años cuando el empresario escuchó en San Petersburgo el Scherzo fantástico y los Fuegos artificiales del compositor y su fino olfato lo alertó acerca de la genialidad y las posibilidades futuras del joven Stravinsky. Apostó por él y no falló. En 1909 Diaghilev le encargó la música para un ballet con libreto y coreografía de Michel Fokine, que había de estrenarse en París en la temporada de 1910 de los Ballets Rusos: “Fíjate bien en él” -le dijo Diaghilev a la bailarina Tamara Karsávina durante los ensayos- “es un hombre en vísperas de la fama”. El Pájaro de fuego dio alas al reconocimiento internacional de un joven compositor que acabó siendo uno de los más influyentes en la evolución del lenguaje de la música en el siglo XX y uno de los creadores de la conciencia artística contemporánea: “Tenemos un deber para con la música: inventarla”, afirmaba Stravinsky.

El ballet se estrenó el 25 de junio de 1910 en el Teatro de la Opera de París y supuso el primer viaje de Stravinsky al que, por entonces, era uno de los principales centros mundiales de la música y capital de las vanguardias artísticas, lugar de peregrinaje de creadores de toda índole donde conoció a Debussy, Ravel, Satie o Falla, entre tantísimos otros.

El Pájaro de fuego se basa en un cuento popular ruso y muestra aún evidentes influencias de su profesor Rimsky-Korsakov, como por ejemplo la asociación de los pasajes cromáticos a la irrealidad de los cuentos de hadas, que se aprecia en la Introducción y en el Pas de deux entre el Pájaro e Ivan Tsarevich y también el despliegue hiperromántico de algunas ideas melódicas, como sucede en la Ronda de las princesas o en la Berceuse. Pero, además, la obra nos ofrece ya al Stravinsky más genuino. Su peculiar ritmo de empuje, elástico y poderoso, irregular y controlado se manifiesta en números como la Danza infernal de Kastchei. Pero también es sello de identidad stravinskiana la imbricación absoluta entre los motivos musicales y los patrones espaciales móviles, propios de la danza, que toman forma en las Variaciones del Pájaro de fuego, en la Danza de las princesas o en las dos primeras Pantomimas.

Esta suite del ballet provoca un incendio sonoro que arde en pasajes de ritmos frenéticos y alumbra melodías hermosas de largo fraseo, da calidez a secciones de profundo recogimiento y colorea solos instrumentales de toda clase en una plantilla orquestal rica en su variedad y sembrada de detalles y efectos. Toda la obra irradia la libertad y el vigor que permitieron al descomunal ingenio del joven Stravinsky explayarse y sumergir al oyente en un universo irrepetible de fábulas y belleza. Lo salvaje y lo poético sublimado, una vez más, en la extraordinaria imaginación sonora de un ruso universal. Un verdadero reto para una orquesta real y actual, que coloca en sus atriles la magia de cuentos ancestrales.

En 1921 José Ortega y Gasset escribía en el diario El Sol acerca de la música de Stravinsky: “Gozamos la nueva música en concentración hacia fuera. Es ella la que nos interesa, no su resonancia en nosotros… ponemos el oído y toda nuestra fijeza en los sonidos mismos, en el suceso encantador que se está realmente verificando allá en la orquesta.”

Una orquesta encendida hoy por la pasión y el talento. Disfruten.

Mercedes Albaina

Lucas y Arthur Jussen, dúo de pianos

A pesar de su juventud (26 y 22 años), Lucas y Arthur llevan años en el circuito internacional, cosechando halagos y buenas críticas allá donde tocan. Han tocado con todas las grandesorquestas holandesas, incluidas la Royal Concertgebouw Orchestra, Rotterdam Philharmonic Orchestra o la Radio Chamber Philharmonic Orchestra, además de otras orquestas como Mariinsky Orchestra, MDR Sinfonie Orchester, Sydney Symphony Orchestra, Hong Kong Philharmonic, Gulbenkian Orchestra, Camerata Salzburg, The Philadelphia Orchestra, etc. Así, han tocado con directores como Eliahu Inbal, Sir Neville Marriner, Jukka-Pekka Saraste, Frans Brüggen, Valery Gergiev, Yannick Nézet-Séguin o Stéphane Denève, entre otros.

Desde 2010 graban en exclusiva para Deutsche Grammophon: su CD debut con obras de Beethoven recibió el Disco de platino y fue galardonado con el Premio del público del Edison Klassiek Publieksprijs. Tras el éxito de su siguiente CD, dedicado a Schubert (Disco de oro), dedicaron su tercer disco a la música francesa, “Jeux”. En 2015 salió su cuarto disco, con los conciertos para dos y tres pianos de Mozart junto a la Academy of St. Martin in the Fields y Sir Neville Marriner. En 2017 lanzaron su quinto disco, con el Concierto para dos pianos de Poulenc junto a la Royal Concertgebouw Orchestra y Stéphane Denève, El Carnaval de los Animales de Saint Saëns y la obra “Night”, compuesta por Fazil Say para ellos.

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Sinfonía nº 9 en Re menor 0p. 125 «Coral»

I. Allegro ma non troppo, un poco maestoso
II. Molto vivace
III. Adagio molto e cantabile
IV. Presto – Allegro assai – Allegro assai vivace

Mirjam Mesak, soprano
Sofia Pavone, mezzosoprano
Richard Cox, tenor
Milan Siljanov, bajo y narrador
Coral de Bilbao (Enrique Azurza, director)

*Premera vez por la BOS

Dur: 80´(aprox.)

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