Conciertos

BOS 3


Palacio Euskalduna.   19:30 h.

Erik Nielsen, director

CHARLES IVES  (1874 – 1954)

Three places in New England, S. 7 versión 4
I. The “St, Gaudens” on Boston Common
II. Putnam’s Camp
III. The Housatonic at Stockbridge

 

WOLFGANG AMADEUS MOZART (1756 – 1791) 

Concierto para fagot y orquesta en Si bemol Mayor K. 191
I. Allegro
II- Andante ma adagio
III. Rondó: Tempo di menuetto


Santiago López, fagot

CHARLES IVES  (1874 – 1954)  

Sinfonía nº 2 S. 2
I. Andante moderato
II. Allegro
III. Adagio cantabile
IV. Lento maestoso
V. Allegro molto vivace

FECHAS

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OTRAS DOS SINFONÍAS DEL NUEVO MUNDO

Catherine Barjansky (1890-1965) fue una mujer notable. Una rusa que no quiso ser soviética y que repartió su vida entre Viena, París, Londres, Roma, Bruselas y Nueva York. Desde jovencita, Catherine se codeó con los círculos artísticos, intelectuales y aristocráticos de media docena de países. Escultora dotada de un verdadero talento para el retrato, esta capacidad le abrió las puertas de salones y palacios. Inteligente, observadora, cuidadosa y cuidadora, Barjansky fue amiga, pero amiga de verdad, de Colette, de D’Anunzzio y de media familia real belga, por citar a unos pocos. Vivió en primera persona, codo a codo con los protagonistas, las primeras décadas del siglo XX, y de ello dejó rastro en un librito de memorias, Retratos con trasfondo, editado en 1948.

En esta recopilación de recuerdos, Catherine narra su primer y tardío viaje a los Estados Unidos:

«Fue en 1930 cuando visité por primera vez América, aunque hacía tiempo que tenía el deseo de visitar este país sobre el que había escuchado tantas crónicas contradictorias y leído tantas curiosas opiniones…

En aquel tiempo todavía persistía en Europa la creencia de que la población norteamericana se encontraba desinformada en materia de arte, que carecían de tradiciones, cultivo y criterio artístico. No me llevó mucho tiempo descubrir lo lejos que se hallaba esto de la realidad.

Los Estados Unidos tienen una música, por ejemplo, que Europa puede soñar, pero no esperar. No una sino media docena de las mejores orquestas del mundo, con los mejores directores y los ejecutantes más capaces. El resultado es que los norteamericanos escuchan constantemente gran música, interpretada de la mejor de las maneras. Y, consecuentemente, han sido capaces de desarrollar sus gustos y capacidades de entendimiento más velozmente que los empobrecidos europeos, quienes, oyendo las más de las veces música presentada de una manera más imperfecta, han de descubrir sus bellezas y adivinar su significado por ellos mismos».

Bueno, pues diríase la opinión de una escultora que habla de temas musicales con la alegre inconsciencia de la ignorancia.

Si no fuera porque su marido era Alexander Barjansky; el violoncellista ruso para el que Bloch escribió Schelomo, el afortunado que tocaba uno de los mejores cellos de Stradivarius y que, junto a su esposa, estaba todo el día metido en casa de Ysaye, el gran violinista. Eso cuando no estaban en la cocina de Delius, de quien también eran íntimos y a quien, por cierto, Alexander le estrenó su Concierto para cello.

En resumen, Catherina Barjansky tenía criterio musical para aburrir; y si ella decía que en Estados Unidos de pobrecitos nada, algo de razón debía de tener.

¡Ah, claro! ¡Los inmigrantes! Eso lo explica todo. Medio mundo musical europeo salió con destino a América tras la Revolución Bolchevique y la I Guerra Mundial (por cierto, el otro medio saldría tras la II Guerra Mundial). Todos los que no cupieron en Suiza, o sí que cupieron pero se aburrieron. Rachmaninov, Bartok, Schoenberg y Stravinsky acabaron hablando inglés.

Pero resulta que esperándolos había un señor que ya sabía hablar inglés desde antes. Concretamente desde su cuna en Connecticut. Un señor que no sólo sabía inglés, también sabía escribir música. Charles Ives (1874-1954).

Ives, hoy gloria nacional, fue sin embargo un compositor escondido durante la mayor parte de su carrera.

En un mundo, el de los niños prodigio, en el que los padres pueden llegar a ser una terrorífica fuente de estrés, el jovencito Charles tuvo una suerte bárbara. Su padre, George Ives, había abandonado los negocios familiares para dedicarse a la música –ante el desmayo y consternación del resto del clan-, y la providencia le premió con un chaval que heredó este mismo talento musical. En realidad mucho más talento musical. George fue el mentor idílico. Apoyó a su hijo en todos sus experimentos formativos, lo acompañó y lo animó a jugar con la música, sentir, y enredar. Charles floreció. Tocaba el órgano, el piano, concluyó sus estudios de composición en la Universidad de Yale y demostró a todo el continente que era un músico como la copa de un pino.

Y entonces, en 1906, fundó con un colega una compañía de seguros y abandonó para siempre la vida de músico profesional.

Ives & Co. nació aprovechando el hecho de que una investigación federal destapara un escándalo financiero en el sector de las aseguradoras, dejando tocadas una buena parte de las empresas del sector. En cinco añitos Charles Ives era uno de los ejecutivos más respetados de Nueva York. Sólo que prácticamente ninguno de sus compañeros imaginaba que Charles, al llegar a casa, se sentaba a componer como un descosido. Así fue hasta 1927, cuando Ives sufrió la enésima de sus crisis de salud –mitad coronarias, mitad mentales- y dejó de escribir música.

Su catálogo brillaba por dos características singulares: la primera es que Ives fue alternando sin mayores problemas estéticos entre un estilo absolutamente vanguardista y un estilo tradicional, escolástico y popular. La segunda característica, quizá ligada a la anterior, es que ninguna de sus obras llegó a interpretarse regularmente. En realidad la mayoría simplemente ni se estrenaron. En un Occidente tan revolucionado en lo musical como el de estas décadas, las obras de Ives parecían flotar arriba y abajo en el tiempo. Para muestra un botón: en 1947 su Tercera Sinfonía recibió el Pulitzer, siendo valorado su espíritu moderno. Nada mal para una pieza compuesta en torno a 1911. Y es que así pasó con casi todas.

Three Places in New England es otra de estas piezas delirantes a las que es imposible seguirles la pista en su composición y su recepción. Se trata de una obra para gran orquesta escrita a lo largo de la primera década del siglo, pero que contiene secciones incluso anteriores. La obra se va al cajón y aflora en 1929, cuando se presenta la posibilidad de estrenarla. Pero el director del proyecto le pide que la reescriba para orquesta de cámara. Dicho y hecho. La obra conocerá otra tercera versión en 1935, con motivo de su primera publicación; también para orquesta reducida. Finalmente, en 1974 se intenta recuperar la sonoridad original para gran orquesta y, ante la falta de materiales (parece una broma), se publica una reconstrucción hipotética de lo que tuvo que ser la primera versión. Una locura.

Por lo menos hoy en día las cosas van más tranquilas. La obra ha entrado mansamente en el repertorio y las audiencias disfrutan de una extraña mezcla, marca personal de Ives, de recursos escolásticos y experimentales. Melodías populares, tonalidades superpuestas, alta y baja cultura tratadas con el mismo respeto… Una música que, sorprendentemente, adelanta algunas de las futuras líneas maestras de la segunda mitad del siglo. La música de Ives no es tanto intemporal cuanto del siglo XX, así, sin poder ni querer concretar más.

Otro tanto podría decirse de su Segunda Sinfonía, una obra incluso anterior a Three Places in New England, compuesta a finales del XIX pero que pertenece completamente al siglo siguiente. Una sinfonía con secciones ya escritas mientras Brahms todavía vivía y que parece ser la respuesta vanguardista y kilómetro cero a la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak, su antecesora por menos de cinco años.

Sin embargo, la conversación entre ambas hermanas nunca tuvo lugar, como no fuera en el cerebro de Ives; única persona que la oyó antes de su estreno en 1951. Entre 1897 y 1951 Europa y Norteamérica se habían intercambiado los ropajes. Las bromas, la emulación, la fascinación y el espíritu de los tiempos habían cruzado el charco.

Charles Ives escuchó en la radio el estreno de su obra, dirigida por Leonard Bernstein. Un joven de 30 años que hizo suya esta Segunda Sinfonía, tanto para presentarla al mundo como para manipularla. La leyenda dice que Lenny se tomó literalmente mil y una licencias con la composición, y será cierto. Pero también es cierto que el octogenario Charles Ives fue el responsable de reescribir el último acorde. La travesura de un irredento. Esperen y verán.

La velada de esta noche se complementa con una bella pieza de un chaval de dieciocho años. Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791). Otro personaje que parece que nunca fue niño y que nunca dejó de ser niño.

Poco sabemos de su Concierto para fagot y orquesta en Si bemol mayor. Bueno, sí, que fue concluido en Salzburgo el 4 de junio de 1774, cuando Wolfgang se encontraba todavía al servicio del Arzobispo Colloredo. Por aquel entonces Mozart había regresado de una larga estancia en Italia y su conocimiento de las posiblidades de la voz se había multiplicado majestuosamente. Mozart ya nunca sería un pianista que escribía para instrumentos. Sería un operista que escribía para instrumentos. Y este Concierto para fagot fue una de las primeras oportunidades que tuvo para demostrárselo a sí mismo y a los demás. Estas cosas se aprenden y no se olvidan, como andar en bici. Se fueron sucediendo los cantabiles del Concierto para flauta, del Concierto para oboe, del Quinteto para piano y vientos, de la Gran Partita, de las arias en la Flauta Mágica y, para despedirse, del Quinteto y el Concierto para clarinete.

¿Cuánto tardó Wolfgang en componer este Concierto para fagot? Conociendo al pájaro lo más probable es que un día.

Cuando una persona es capaz de escribir una obra eterna de una sentada, en una mañana y una tarde, parando para comer y echar la siesta, es que esa persona está habitada por la música; por la música y por las hadas. Mozart fue de esos.

Joseba Berrocal

 


SANTIAGO LÓPEZ

Fagot

Comienza sus estudios en su ciudad natal,  Santiago de Compostela, con Sally Albaugh y los continúa en la Escola de Altos Estudios Musicais de Galicia con Juan Carlos Otero. Perfecciona  su formación con el profesor Marco Postinghel (Symphonieorchester des Bayerischen Rundfunks) en el Richard-Strauss Konservatorium de Múnich, becado por la Deputación de A Coruña y por la Fundación Pedro Barrié de La Maza, y también recibe lecciones de Sergio Azzolini.

Ha  tocado como primer fagot en la Joven Orquesta Nacional de España y ha asistido a la Gustav Mahler Academy en Italia. Como  fagot solista es invitado  en orquestas como la Orquestra Simfònica del Gran Teatre del Liceu de Barcelona y la Orquesta  Sinfónica de Galicia, y colabora entre otras con la Orquesta Sinfónica de Munich y la Real Filarmonía de Galicia, realizando conciertos en Europa y Asia, con directores como Fabio Luisi,  Bertrand de  Billy, Rafael Frühbeck de Burgos, Sir Mark Elder, Reinhard Goebel, Carlo Rizzi o  Vasily Petrenko. Como  profesor imparte cursos en Galicia, EIO Gazte y en la Joven Orquesta de Castilla y León.

Desde 2004 es fagot solista de la Orquesta Sinfónica  de Bilbao, actividad que compagina con una intensa labor en la música de  cámara.

 


Erik Nielsen.

Director

Erik Nielsen es el Director titular de la Bilbao Orkestra Sinfonikoa desde septiembre de 2015.

Estudió dirección de orquesta en el Instituto Curtis de Philadelphia, obteniendo sus diplomas en oboe y arpa en la Juilliard School de Nueva York. Formó parte de la Ópera de Frankfurt desde 2002 siendo de 2008 a 2012 nombrado Kapellmeister. Ocupará el cargo de director musical del Teatro de Basilea a partir de la temporada 2016/17. En la Ópera de Frankfurt su repertorio incluyó Las Bodas de Fígaro, El rapto del serrallo, La Clemenza di Tito, Tosca, Ángeles en América, Curlew River, La bohème, Lucia di Lammermoor, Lohengrin, Simplicius Simplicissimus de Hartmann y el estreno alemán de Medea de Reimann.

Sus recientes y futuros compromisos incluyen La Flauta Mágica en la Ópera de Roma; Simplicius Simplicissimus, Gisela de Henze y We come to the River, así como Lohengrin en la Semper Oper de Dresde; La Traviata en el Festival de Ópera Hedeland en Dinamarca y en la Ópera de Berlín ; Così fan tutte en el Teatro Sao Carlos ; Lear de Reimann en la Ópera de Malmö ; Otello y Ariane et Barbe-Bleue en Frankfurt, Peter Grimes en la Opernhaus Zürich, The Merchant of Venice en el Festival de Bregenz, , la premiere mundial de Solaris de Dai Fujikawa en el Théâtre des Champs Elysées de Paris La forza del destino en Luxembourg, Die Tote Stadt de Korngold en Bilbao, Eugene Onegin en Basel y Carmen en la Welsh National Opera, así como numerosos conciertos en Europa y USA.

Comenzamos nuestro tercer programa de la temporada 2016-2017 con la interpretación, por primera vez, de Three Places in New England S. 7 de Charles Ives. De esta obra se conservan cuatro versiones diferentes. La primera es la versión original de 1914 para orquesta sinfónica, la segunda es la versión de cámara estrenada en 1929 por Nicolas Slonimsky con la Boston Chamber Orchestra, la tercera es la versión de 1929 con una serie de cambios en la instrumentación introducidos para su publicación en 1935 y, finalmente, la cuarta, que será la que emplearemos en este programa, es la restauración de la orquestación original manteniendo los cambios introducidos por Charles Ives en la versión de 1929. Emplearemos la edición crítica de James B. Sinclair para la editorial Mercury Music Corp, distribuida por Theodore Presser Co. (http://www.presser.com).

A continuación podremos escuchar el Concierto para fagot y orquesta en Si bemol Mayor K. 191 de Wolfgang Amadeus Mozart. Hemos interpretado este concierto tan sólo en dos ocasiones en nuestra temporada de abono. La primera los días 29 y 30 de abril de 1987 bajo la dirección de Bruno Aprea y con la fagotista Retha Paladini y la segunda el 5 de diciembre de 1991 en el Teatro Arriaga bajo la dirección de Martin Turnovsky y con el fagotista Enrique Abargues. Emplearemos para su interpretación la edición crítica preparada por Franz Giegling para la editorial Bärenreiter (https://www.baerenreiter.com).

En la segunda parte disfrutaremos, también por primera vez en nuestra temporada, de la Sinfonía nº 2 S. 2 de Charles Ives. Emplearemos para su interpretación la edición crítica preparada por Jonathan Elkus para la Charles Ives Society y publicada por Peermusic Classical (http://www.peermusicclassical.com).

Si desean más información sobre el compositor Charles Ives pueden acudir a los siguientes enlances:


A continuación les recomendamos una serie de grabaciones comerciales de las obras de nuestro programa. Todas ellas pueden escucharse a través de Spotify siguiendo los enlaces señalados:

charles-ives-1

Ch. Ives: Three Places in New England
Michael Tilson Thomas – Boston Symphony Orchestra
Release date: 08/05/2001
Label: Deutsche Grammophon
https://open.spotify.com/user/psuso/playlist/3NCWpwAZsUSKJGJL8lc3xY

charles-ives-2

W.A. Mozart: Concierto para fagot y orquesta en Si bemol Mayor K. 191
Matthew Wilkie – Sándor Wégh – Chamber Orchestra of Europe
Release date: 11/09/2008
Label: Decca (UMO)
https://open.spotify.com/user/psuso/playlist/3NCWpwAZsUSKJGJL8lc3xY

charles-ives-3

Ch. Ives: Sinfonía nº 2
Kenneth Schermerhorn – Nashville Symphony Orchestra
Release date: 19/09/2000
Label: Naxos
https://open.spotify.com/user/psuso/playlist/3NCWpwAZsUSKJGJL8lc3xY

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