Conciertos

Nobu y el segundo de Rachmaninov


Palacio Euskalduna.   19:30 h.

Erik Nielsen, director.
Nobuyuki Tsujii, piano.


I

ANDRÉS ISASI (1890 – 1940)

Zharufa Op. 12

PAUL DUKAS (1865 – 1935)

La Péri, poema danza

II

SERGEI RACHMANINOV (1873 – 1943)

Concierto nº 2 para piano y orquesta en do menor Op. 18

I. Moderato
II. Adagio sostenuto
III. Allegro scherzando

Nobuyuki Tsujii, piano.

FECHAS

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El concierto de esta noche nos ofrece dos partes bien diferenciadas, pese a que las tres obras que lo componen proceden de la misma época: los primeros años del siglo XX. Las dos primeras suponen un paseo por el Oriente de fantasía que estaba muy de moda en aquel momento histórico, heredero de la fascinación que el mundo romántico había sentido por las exóticas imágenes, entre reales e imaginadas, que poblaron los lienzos de los pintores, las páginas de los novelistas y, por supuesto, los pentagramas de los músicos.

  

El segundo concierto de Rachmaninov, sin embargo, no nos ofrece tanto un paisaje exterior, sino, como en muchas obras de carácter romántico o, como es el caso, postromántico, una mirada a la intimidad del autor, sostenida, eso sí, por una grandiosa estructura sinfónica y apoyada en el despliegue virtuosístico del piano.

  

En todo caso, esta selección de piezas nos va a permitir disfrutar de tres enfoques distintos de entre los muchos que convivieron en esos años de radicales transformaciones en la historia de la música y del arte en general. Las tres se crearon entre 1900 y 1912; si repasamos siquiera someramente lo que estaba ocurriendo en aquellos momentos previos al funesto estallido de la Gran Guerra, nos encontraremos con la imparable eclosión de las vanguardias: sólo hablando de pintura, por ejemplo, fauves y cubistas vinieron a revolucionar el mundo de la pintura en Francia tras las huellas del postimpresionismo y de Cézanne, fallecido en 1906. Kandinsky, por su parte, dio el impulso definitivo al arte abstracto en Alemania, a partir del trabajo de los primeros grupos de pintura expresionista: Die Brücke (El Puente) y Der Blaue Reiter (El Jinete Azul), que reflejaron en imágenes de particular intensidad la misma conmoción que Freud estaba creando con el descubrimiento del inconsciente. Y la labor de Kandinsky se llevó a cabo en estrecha complicidad con la que su amigo Arnold Schönberg desarrolló en el campo de la música proponiendo las primeras obras atonales. A partir de ellos el arte no volvería a ser el mismo.

  

Sin embargo, al mismo tiempo que estos movimientos estaban sacudiendo todo el campo de la creación, el mundo artístico del siglo XIX se resistía a desaparecer (posiblemente aún hoy, cien años más tarde, aún sigue siendo la referencia fundamental para muchos aficionados al arte y para algunos autores); las tres obras que escucharemos forman parte, de distintas maneras, de esa resistencia. Las tres manejan un lenguaje armónico puramente tonal, ya sea coloreado por escalas exóticas, enriquecido por un amplio cromatismo o puesto a veces en tensión por modulaciones encadenadas. Las tres se mantienen, por lo tanto, en el esquema propio de las últimas décadas del siglo anterior, mezclando la influencia del romanticismo ya muy avanzado con la de la ampliación del ámbito tradicional del sonido planteada por el impresionismo, sobre todo en el caso de Dukas.

  

Así pues, son tres piezas que nos hablan de la convivencia de los experimentos de la vanguardia con la pervivencia del lenguaje más tradicional, pero no en absoluto caduco, en aquellos primeros años del siglo XX, tan ricos en contradicciones, tan interesantes y tan transformadores en todos los campos.

  

Hablemos primero de las dos obras que componen la primera parte. Son prácticamente contemporáneas. En 1912 se estrenó La Peri y en 1913 Zharufa (se había compuesto en 1911).

  

Andrés Isasi, músico entonces muy joven (había nacido en Bilbao en 1890), se trasladó a Alemania para perfeccionar sus estudios musicales gracias a la ayuda de su abuelo, un acaudalado hombre de negocios de origen alavés, Marqués de Barambio por nombramiento del rey Amadeo de Saboya. La elección de Alemania no fue casual, puesto que el joven compositor, que ya había obtenido algunos tempranos éxitos aquí en su tierra, se sentía especialmente afín a la estética tardorromántica germana representada sobre todo por Richard Strauss; ya el curso pasado tuvimos ocasión de comentarlo cuando nuestra orquesta nos ofreció una muestra de los poemas sinfónicos compuestos por Isasi en Berlín bajo esta influencia: recuerden Erotische Dichtung, que se interpretó el 11 y 12 de noviembre de 2021. Aquella obra coincidía con la que hoy nos ocupa en el lenguaje cromático y en la voluptuosa orquestación; y también en aquel caso era una excusa oriental la que permitía amplificar estos medios para aumentar así el exotismo y la capacidad evocadora de la música.

  

Zharufa op. 12, que por la solidez de su construcción fue galardonada con el 2º premio en un concurso internacional convocado por el Conservatorio de Malmö (Suecia) en 1914, es un poema sinfónico (una forma, por lo tanto, muy afín a la influencia straussiana) que narra la historia de una odalisca asesinada por el sultán cuyo fantasma aparece y baila de nuevo ante él cada noche. Para ilustrarlo, Isasi encadena una serie de aires de danza muy estilizados, identificados con la música oriental gracias a recursos característicos como el cromatismo que vuelve más sinuosos los contornos de las melodías y provoca intervalos aumentados y disminuidos que identificamos fácilmente como propios de la música del oriente próximo; los arabescos (motivos melódicos que se enroscan sobre si mismos girando repetidamente y produciendo una bella ornamentación al estilo de los dibujos que decoran los azulejos de la Alhambra) y quiebros que nos recuerdan a los quejíos del flamenco.

  

El tono predominante es lírico; no apreciamos tintes dramáticos demasiado intensos; la muerte de la odalisca no deja huella en este aspecto. Eso sí: en sucesivas oleadas, Isasi nos va conduciendo a cimas sonoras en las que la orquesta se emplea a fondo, destacando la intensidad con la que la cuerda emprende vibrantes pasajes; en ello descubrimos la inequívoca adscripción germánica de la música del autor; su maestría en el manejo de la tensión armónica, en su incremento o relajación, que convierten la obra en un discurso coherente y completo a través del desarrollo de los temas. Este propósito, y especialmente cuando lo encontramos vinculado a la música programática, es un rasgo distintivo del romanticismo alemán desde Beethoven.

  

En esto podemos encontrar cierta diferencia con La Peri de Paul Dukas, una obra que, en principio, parte de premisas muy cercanas, puesto que narra también una historia ambientada en el oriente de las leyendas. Dicha historia tiene su complicación; se la resumo, si les parece: en Persia, en el tiempo de los mitos, los Magos, sacerdotes de Zoroastro, sienten que su poder e influencia está decayendo y envían a uno de ellos, Iskender, a buscar la flor de la inmortalidad, que puede salvarlos. Éste recorre el mundo durante tres años hasta llegar a sus confines y allí encuentra el espléndido templo de Ormudz (otro nombre para Ahura Mazda, el dios creador del zoroastrismo), en cuya escalinata encuentra a una Peri sosteniendo con una mano un laúd y con otra la flor de la inmortalidad. Una Peri, para los no versados en mitología persa (entre los que me cuento), es un espíritu femenino y alado que, dependiendo de las versiones, tiene ciertos problemas para entrar o para volver al paraíso (Robert Schumann escribió un oratorio, sin darle ese nombre, titulado El paraíso y la Peri, en el que se cuenta otra historia con la misma protagonista). En nuestro caso, la Peri necesita la flor para poder reintegrarse a la presencia de la divinidad pero, claro, Iskender se las arregla para robársela sigilosamente mientras duerme. Ante la desesperación de ella, el muy pícaro piensa que, además de obtener la flor, ha conseguido someter a la Peri a su poder. Pero no cuenta con las habilidades de ésta como bailarina: danzando para él lo obnubila de tal modo que se va acercando cada vez más hasta arrebatarle la flor y así recuperarla. Mientras ella entra en el templo transfigurándose, el triste Iskender queda abandonado y entregado a su cercana muerte.

  

Como rasgo distintivo de la música francesa, especialmente la de esta época, encontramos en la obra de Dukas una preocupación muy destacada por el colorido orquestal; por las combinaciones instrumentales más ricas para manifestar los efectos sonoros que nos trasladen al brillo de los paisajes mitológicos, a la sutileza de los matices que definen cada momento de la historia, dando así prioridad en muchas secciones a la belleza del sonido sobre lo narrativo; y de ahí la diferencia que antes señalábamos respecto a Zharufa, centrada en el desarrollo de los temas como objetivo principal.

  

Si en el caso de Isasi hablábamos de cierto aire de danza, aquí estamos ante una obra directamente concebida para ser coreografiada; de hecho, había sido encargada originalmente por Sergei Diaghilev, el empresario de los Ballets Rusos de París que tantas alegrías dio en esos años al mundo de la música y Dukas la tituló poéme-dansé, algo así como una mezcla entre poema sinfónico y ballet. Finalmente, no fue estrenada por Diaghilev, ya que éste consideró que la primera bailarina, Natalia Trouhanova, no estaba a la altura del papel y sobre todo de su compañero, el célebre Nijinski. Así que la propia Trouhanova encargó otra producción y la puso en marcha en 1913.

  

Ojalá que escuchar esta obra nos sirva para valorar a Paul Dukas más allá de El aprendiz de brujo, un éxito que ha empañado el resto de su carrera hasta casi convertirlo en uno de esos compositores de una sola obra.  Esta noche comprobarán que se trata de un músico de extraordinaria maestría, original (escuchen los cambios armónicos de la fanfarria), sutil (disfruten de la riqueza de sus texturas orquestales)  y muy sólido, como demuestra la cuidadosa construcción de su obra y el modo en el que va regulando sus cumbres sonoras. Contemporáneo de una figura tan imponente como Maurice Ravel, que acapara la atención en la música francesa de su tiempo, Dukas merece asomar más frecuentemente al repertorio.

  

De quien sí tenemos mejor conocimiento (aunque probablemente nos solemos perder una parte importante de su producción; por ejemplo la dedicada a la música coral) es de Sergei Rachmaninov. Durante su trayectoria fue un músico favorito del gran público, al que ofrecía sus fantásticas dotes como pianista y unas composiciones plenas de intensidad postromántica en la estela de Chaikovsky. Pero el éxito no fue un logro inmediato para el joven compositor.  En 1897 su primera sinfonía sufrió una reacción muy negativa por parte de la crítica después de la interpretación muy deficiente dirigida por Alexander Glazunov. Personajes tan importantes como Cesar Cui la vituperaron sin piedad y todo ello hizo entrar al autor en un período de tres años de grave depresión durante los cuales apenas pudo producir música.

  

Menos mal que su tía conocía a un médico y músico aficionado, Nikolai Dahl, que utilizó la psicoterapia y la hipnosis para mejorar los aspectos que estaban bloqueando a Rachmaninov y ayudarle a comer y dormir mejor y a recuperar su autoconfianza. Tras varios meses de trabajo, en el verano de 1900 las ideas regresaron a su inspiración, y vaya si lo hicieron con fluidez, puesto que de ellas surgió en sólo unos meses este formidable Concierto nº 2 para piano y orquesta, una de sus obras más apreciadas por el público desde que se estrenó en 1901 y hasta esta misma noche en la que nos va a volver a emocionar a quienes hemos acudido a escucharla.

  

El concierto condensa las características esenciales y más reconocibles del estilo de su autor: estética postromántica con un aire apasionado, sentimental y tocado de cierta melancolía pero sin caer en el exceso; una estructura armónica absolutamente dentro de la tonalidad y sin aproximarse siquiera a experimentos de corte vanguardista (en sus obras para piano solo se muestra a veces un poco más aventurado) y una tendencia a las texturas orquestales densas y a los colores más bien oscuros. Todo ello, por supuesto, al servicio de la exhibición de su colosal virtuosismo pianístico, de enorme exigencia para el intérprete.

  

El comienzo es justamente famoso: unos acordes pesantes del solista se van desplegando sobre un pedal muy grave y dan paso a la melodía que las cuerdas desplegarán ampliamente sobre el acompañamiento arpegiado del piano. Esa melodía intensa y vibrante, muy afín a las grandes violinadas (expresión atinadísima del llorado Fernando Argenta) de Chaikovski se irá disolviendo para dar paso al segundo tema en el que, ahora sí, el pianista cobra todo el protagonismo; se trata de un canto elegíaco que se toma su tiempo para explayarse en frecuentes diálogos casi camerísticos con algunos instrumentos de la sección de maderas. La parte central de este primer movimiento es un desarrollo no demasiado extenso que nos va conduciendo a través de las metamorfosis y los intercambios de ambos conjuntos de materiales hasta alcanzar un punto de máxima tensión, como mandan los cánones de la forma sonata, en el que se reexpone el tema inicial sobre una potente figuración del solista. Memorable es después el momento en el que la reexposición del segundo tema encuentra acomodo en la calidez de la trompa solista. No hay, como en la mayoría de los conciertos virtuosísticos, una cadenza de aire improvisatorio y lucimiento para el piano solo, lo cual favorece la compacta claridad de todo este primer movimiento.

  

Pero es el segundo el que más fama ha ganado y el que define el concierto de modo más preciso. Su estructura es igual de clara para no estrobar a la directa expresión de sentimiento que, especialmente aquí, alcanza su mayor cota: una forma tripartita que alcanzará su clímax en la parte central. Al inicio, el piano ofrece un fondo de arpegios que se van encadenando en una progresión armónica descendente muy evocadora (un truco que no falla nunca éste de las progresiones descendentes; ahí tienen el famoso concierto para oboe de Marcello, por ejemplo). Una vez preparado así el terreno, el clarinete canta una de esas melodías cuya inspiración justifica todo el trabajo de un compositor y la va extendiendo morosamente a lo largo de un rato en el que sentirán como si el tiempo no pasara. El pasaje central se anima y nos va guiando, a veces acariciando, a veces agitando, a través de una efusión sentimental magnífica. Regresa después la paz y el tema inicial se confía ahora a las cuerdas para cerrar dulcemente el movimiento.

  

También según manda la tradición concertística, el tercer tiempo representa la mayor ocasión de lucimiento de las habilidades técnicas del solista, pero no por ello Rachmaninov pierde de vista el tono general de la obra. Un primer tema agitado y apassionato contrasta con el lirismo del segundo, emparentado de cerca con el que ocupaba el mismo lugar en la primera sección de la obra. Las idas y venidas de ambos hasta la apoteosis final a plena orquesta no dejan un momento de respiro.

  

En definitiva, un concierto que representa el triunfo del romanticismo bien entendido en una época en la que este tipo de sensibilidad vivía ya su declive; eso sí: un declive en la esfera de la composición musical porque el público, o sea, nosotros mismos, señoras y señores, no dejaremos de emocionarnos una vez más con la intensa efusión de sentimientos que expresa esta pieza maestra. Ya habrá tiempo de disfrutar de otros paisajes sonoros más cerebrales, pero por qué no rendirse ante la evidencia y dejarnos derretir de pasión ante esta música, sin reprocharle cierto anacronismo, sin observar como un demérito la sencillez de su estructura o su ignorancia de los caminos de vanguardia que se estaban abriendo contemporáneamente. Sin que cuente en su contra un posible exceso sentimental; ¿o no hemos gozado todos alguna vez de esa exquisita melancolía de las tristezas de amor o de la potencia de los arrebatos de la pasión? Seguro que en esas ocasiones no habríamos encontrado nada excesivo en una obra maestra como ésta, en sus períodos más apasionados, en sus rubatos más lánguidos o en la densidad lírica de sus momentos cumbres, magníficamente resaltados, por cierto, por la orquestación.

   

Muchos otros artistas han sentido esa atracción, de modo que el concierto se ha convertido en música de acompañamiento para numerosas películas, especialmente dramas románticos (déjenme resaltar Breve encuentro, de David Lean en 1945) o en origen de reinterpretaciones desde la música popular (algunas de Frank Sinatra, por ejemplo o la hermosa All by myself (1975) de Eric Carmen, de la que luego hicieron una versión memorable los Kings singers y que toma como base la melodía principal del segundo movimiento.

  

Así pues, si el buen romanticismo, como el buen clasicismo, nunca pasa de moda, este viaje a los comienzos del siglo XIX no podría acabar mejor, con Rachmaninov en su estado de gracia. Disfrútenlo mucho y sin ningún sonrojo.

Iñaki Moreno Navarro


Nobuyuki Tsujii.

Piano

Descrito por The Observer como la "definición del virtuosismo", el pianista japonés Nobuyuki Tsujii (Nobu), ciego de nacimiento, ganó la Medalla de Oro en el Concurso Internacional de Piano Van Cliburn en 2009 y se ha ganado una reputación internacional por la pasión y emoción que aporta a sus actuaciones en directo.

Nobu ha actuado en concierto con las principales orquestas del mundo, incluidas la Orquesta del Mariinsky, Philharmonia, BBC Philharmonic y la NHK Symphony, Yomiuri Nippon Symphony, Tokyo Symphony, Japan Philharmonic, Seattle y Baltimore symphony orchestras, Filarmonica della Scala y Sinfonieorchester Basel bajo la batuta de directores como Valery Gergiev, Vladimir Ashkenazy, Vladimir Spivakov, Juanjo Mena y Vasily Petrenko. En recital ha actuado en prestigiosos lugares de todo el mundo, como el Stern Auditorium del Carnegie Hall, el Théâtre des Champs Elysées de París, Wigmore Hall y Royal Albert Hall en Londres, la Berlin Philharmonie y el Musikverein de Viena.

Tras una temporada de verano que incluyó conciertos aclamados por la crítica con la Los Angeles Philharmonic en el Hollywood Bowl, en el Verbier Festival, Snape Maltings Proms, el Festival de Piano de Biarritz, el Festival Musica Mundi y el Festival de Menton, la temporada 2022/23 de Nobu le llevará a actuar en recital en el Carnegie Hall, el Queen Elizabeth Hall de Londres, el Ayuntamiento de Birmingham y en el Liverpool Philharmonic Hall. Nobu también actuará como solista con la Royal Liverpool Philharmonic Orchestra bajo la dirección de Domingo Hindoyan, la Royal Philharmonic Orchestra bajo la dirección de Vasily Petrenko, la Seattle Symphony Orchestra bajo la dirección de Jiri Rozen, la Sarasota Orchestra y la Orquesta Sinfónica de Bilbao, además de numerosas apariciones en solitario y en conciertos. en su Japón natal. En temporadas anteriores Nobu ha actuado con la Philharmonisches Staatsorchester Hamburg y Kent Nagano y la NDR Radiophilharmonie Hannover con Andrew Manze. Ha ercibido numerosos elogios de la crítica por sus recitales en el Concertgebouw de Ámsterdam y enbel Théâtre des Champs Elysées, así como por su debut con la Orquesta Filarmónica de Oslo.

Artista en exclusiva para Avex Classics International, su creciente catálogo de álbumes abarca la amplitud del repertorio de conciertos para piano. A partir del comienzo de la temporada 2021/22, incluye el Concierto n.° 2 para piano de Chopin con Vladimir Ashkenazy y la Deutsches Symphonie-Orchester Berlin, el Concierto para piano de Grieg y las Variaciones sobre un tema de Paganini de Rachmaninov bajo la dirección de Vasily Petrenko con la Royal Liverpool Philharmonic Orchestra, el Concierto nº 2 para piano de Rachmaninov con la Deutsches Symphonie-Orchester Berlin, Concierto n.° 1 para piano de Tchaikovsky con Yutaka Sado y la BBC Philharmonic, Concierto n.° 5 para piano de Beethoven con la Orpheus Chamber Orchestra. Nobu también ha grabado varios programas de recitales de Chopin, Mozart, Debussy y Liszt.

El DVD en directo del recital de Nobu en el Carnegie Hall de 2011 fue designado DVD del mes por Gramophone, al igual que su último lanzamiento, Touching the Sound – The Improbable Journey of Nobuyuki Tsujii, una película documental de Peter Rosen.

Las giras internacionales de Nobu cuentan con el apoyo de All Nippon Airways (ANA).


Erik Nielsen.

Director

Erik Nielsen es un director que trabaja con desenvoltura en los ámbitos operístico y sinfónico.

Pianista desde muy joven, Erik Nielsen estudió dirección de orquesta en el Curtis Institute of Music y se graduó en oboe y arpa en The Juilliard School. En 2002 dio inicio a una asociación de 10 años con la Ópera de Frankfurt, comenzando como Korrepetitor (pianista) y más tarde como Kapellmeister de 2008 a 2012. En ella se ha consolidado dirigiendo títulos de un amplio repertorio que abarca desde Monteverdi a Lachenmann. Antes de establecerse en Frankfurt, Erik Nielsen fue arpista en la Orchester-Akademie de la Filarmónica de Berlín.

Desde 2015 es Director titular de la Orquesta Sinfónica de Bilbao, siendo además Director Musical del Theater Basel entre 2016 y 2018.

Próximos proyectos para la temporada 21/22 incluyen su debut con el Tiroler Festspiele Erl (Oro del Rin) y el estreno mundial de una ópera de Manfred Trojahn con la Dutch National Opera. Además, dirigirá la JONDE (Joven Orquesta Nacional de España) y retornará a la Ópera de Frankfurt dirigiendo Norma.

Entre sus compromisos recientes destacan Karl V de Krenek con la Bayerische Staatsoper Munich, Oedipus Rex, Il Prigioniero y Pelléas et Mélisande en la Semper Oper Dresden, Peter Grimes y Oreste de Trojahn en la Opernhaus de Zürich, Billy Budd y Das Mädchen mis den Schweflhörzern de Lachenmann en Frankfurt, Mendi Mendiyan de Usandizaga, la Pasión según San Juan y Salome en Bilbao, y The Rake’s Progress en Budapest, además de conciertos en Oslo, Manchester, Estocolmo, Madrid, Estrasburgo, Lisboa, Basilea, Aspen Music Festival y en el Interlochen Arts Camp.

En 2009 fue galardonado con el Premio Sir Georg Solti por la Fundación Solti U.S.

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