Conciertos

TEMPORADA BOS 1

Concierto de Apertura


Palacio Euskalduna.   19:30 h.

J. Rueda: Tierra
A. Dorman : Frozen in time
G. Holst : Los planetas

Martin Grubinger, perkusioa/percusión
Coro de mujeres de la Sociedad Coral de Bilbao (zuzendaria/director, Iñaki Moreno)
Günter Neuhold, zuzendaria/director

FECHAS

  • 08 de octubre de 2009       Palacio Euskalduna      19:30 h.
  • 09 de octubre de 2009       Palacio Euskalduna      19:30 h.

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José Ramón Ripoll

LA MÚSICA DE LAS ESFERAS

Desde la más remota antigüedad, pensadores y filósofos han creído en el sistema proporcional del universo, según el cual, los cuerpos celestes que lo conforman producen una armonía sonora, audible solamente por los sentidos del alma. Los pitagóricos ya hablaban de un canto producido por siete notas correspondientes al Sol, la Luna y los cinco planetas visibles por entonces. Platón describió a esta sucesión armónica como la más bella de todas las canciones. Cicerón establece una serie de intervalos originados por el giro de los astros que llenaban de música los sueños de Escipión. Todas estas teorías especulativas, productos de un pálpito más lírico que científico, inspiraron a autores como San Agustín, Shakespeare o Fray Luis de León, posiblemente el poeta que más se ha acercado a la música de las esferas. Pero fue el astrónomo Johannes Kepler quien en el siglo XVII estableció que los astros emiten un sonido más agudo cuanto más alta es la velocidad de su órbita, llegando a componer seis melodías distintas a partir de su observación. Hoy el TRACE (Transition Regional and Coronal Explorer), enviado al espacio por la NASA en 1998 para estudiar la corona solar, ha demostrado que el Sol suena en ondas y vibraciones trescientas veces más profundas que las perceptibles por  el oído humano.

Muchos compositores han intentado con mayor o menor éxito captar lo sonidos planetarios, desde Haydn en La Creacíón, hasta Stravinski en La consagración de la primavera, pasando por el Richard Strauss de Así hablo Zaratustra. El universo desde su orden o su caos ha sido y es uno de los mayores enigmas del hombre para preguntarse por su propia grandeza o pequeñez, y la música es en si misma la analogía expresiva más alcanzable para intuir ese enigma. El concierto de hoy es un ejemplo de esa cosmovisión: tres obras pertenecientes a los últimos cien años, es decir, ya alejadas de ciertas pulsiones esotéricas del pasado, e inspiradas en un conocimiento mucho más plausible, desde donde cada autor aborda la formación de la materia desde distintas estéticas y puntos de vista.

Gustav Holst escribió Los planetas entre 1914 y 1917, una fecha en la que aún no había sido descubierto Plutóncomo elemento de nuestro sistema solar y, por tanto, no lo incluyó en su suite sinfónica. Posiblemente la Tierra tampoco fue abordada, bien por tratarse del suelo desde donde el compositor contemplaba el espacio exterior, bien porque esa plataforma estaba sumida en un profundo decaimiento espiritual , en vísperas de una de sus mayores destrucciones bélicas. Colin Mattthews tuvo la idea de estrenar Plutón en el 2000, como aporte singular a la suite de Holst, y Jesús Rueda no dudó en escribir La Tierra  cuando la Fundación Autor y la Asociación Española de Orquestas Sinfónicas le encargaron un proyecto enmarcado en la promoción de la música española contemporánea y, en este caso, para ser estrenada en Sevilla en 2007, dentro de un programa diseñado por Pedro Halffter como complemento o amplitud de Los planetas de Holst.

Jesús Rueda es hoy por hoy uno de los músicos españoles con mayor reconocimiento internacional y dueño de un poderoso y singular mecanismo compositivo que le diferencia notablemente del resto de su generación. Nacido en Madrid, en 1961, estudió en el Real Conservatorio de su ciudad natal con Joaquín Soriano y Emilio López, pero su sello personal proviene de la estirpe de Luis de Pablo, con quien perfeccionaría la composición, y fundamentalmente, del Francisco Guerrero, rara avis de la música española, cuyos sorprendentes e inusitados procedimientos Rueda sigue adecuando a su propia obra con personalidad e independencia. A lo largo de su carrera, nuestro compositor ha demostrado cómo estilo, lenguaje y tensión expresiva se funden en una abierta concepción de la música de nuestro tiempo, donde la fusión, el mestizaje y la contaminación sonora procedente de otros ámbitos culturales hacen de la pureza un valor anacrónico. En  La Tierra, por ejemplo, el autor ha reconocido influencias externas del jazz, concretamente del trompetista Miles Davis en su álbum Aura,y de la Sinfonía nº 4 de Shostakovich, mucho más que de Holst, porque esas dos obras entroncan de alguna manera con la formación geológica del mundo que pisamos, sus sonidos internos y su invisible arquitectura, aunque en ningún caso La tierra responda a una entidad programática previamente definida, ni desde el punto de vista incidental, ni siquiera como poema sinfónico. La tierra es un fragmento volcánico, lleno de poesía y de elementos telúricos que surgen espontáneamente, sin necesidad de buscar historias que justifiquen nuestro origen más allá de la música. Podría entonces hablarse de una doble analogía: la obra como espejo del propio ritmo circular de nuestro planeta, y  al tiempo, como esquema o guía de un viaje secreto hacia el centro terrestre o hacia el punto más profundo de nuestro ser.

Sin insistir en ninguna argumentación literaria que sustente a la obra, sí que su escucha aviva una antigua memoria, donde el caos se ordena y viceversa, sacando a la luz sonidos ancestrales, que en una brillante sucesión rítmica y contrarrítmica,  nos exponen con intensa dinámica la eclosión que la separación o el choque de las placas pudieron producir en el fondo de los tiempos. Es una metáfora, pero la música es en sí misma símbolo subjetivo para interpretar el mundo, y en este caso más.

La limpieza de la partitura, el orden de sus figuras, sus rapidísimos grupos arpegiados y la acertada intervención de cada uno de sus elementos, vienen a configurar una obra que, aunque plenamente sinfónica, mantiene un matiz camerístico, quizás por el modo en que se tratan los diferentes instrumentos que, a la vez que usan al máximo sus posibilidades tímbricas y expresivas, mantienen un justo comportamiento contenido, respetuoso con el silencio y con el diseño vigoroso de la forma.

En la obra de Avner Dorman, compositor israelí nacido en 1975, que a pesar de su juventud ha llegado a convertirse en el músico más prestigioso de su país en el panorama internacional, sí que existe una propuesta conceptual desde el principio, que actúa como base programática, casi a la manera de banda sonora de un imaginario que el autor dibuja  previamente. Frozen in time es una serie de instantáneas del desarrollo geológico de la Tierra desde la prehistoria hasta el presente, según palabras del propio autor. Partiendo de la inseguridad de los datos evolutivos, por muy científicos que estos sean, Dorman ha querido narrar sonoramente la construcción continental de la tierra hace millones de años. Para ello ha dividido la obra en tres partes diferenciadas, pertenecientes cada una de ellas a un largo periodo prehistórico. El compositor concibe la partitura en tres partes, como una suite orquestal con solistas: en este caso la percusión, familia instrumental de la Dorman es un virtuoso innovador y a la que ha dedicado la mayoría de su repertorio. La primera parte (Indoáfrica) se inaugura cono un gran gesto sinfónico que aparece en aluvión, seguido por un “tiempo congelado”, motivo que hace referencia al conjunto de la obra. El tema principal está basado en ciclos rítmicos del sur de la India (Tala) y en escalas propias del Raga que invitan a la improvisación. Un segundo tema parte también de un ritmo interior de Tala,  practicado también en las tradiciones africanas más orientales. Marimba y cencerros vienen a recordarnos los timbres y polifonías de la música gamelan del sudeste asiático. El segundo movimiento (Eurasia) es una exploración de los momentos más ocultos del continente euroasiático, donde se funden elementos pertenecientes tanto a Centroeuropa como al Lejano Oriente. Un ritmo de tambor que recuerda a la siciliana abre la sección, que se va enriqueciendo melódicamente con materiales de esta danza, utilizados por Mozart en varias de sus obras. Detrás de este juego casi galante puede oírse la batalla natural que se libra bajo de la superficie, en el hueco más profundo de la tierra, anunciada por un brote de campanas procedentes del Asia central. El movimiento termina con una larga meditación del tema principal, que otorga el nombre general a la obra: “congelado en el tiempo”. La tercera sección (Las Américas) es un retorno al presente y un canto directo al mestizaje que representan los pueblos que configuran el continente más joven. En esta especie de rondó final se dan cita giros estilísticos propios de Broadway, el Melow Jazz o el Grunge, para encontrarse con el tango, los ritmos afrocubanos, el swing o el minimalismo, que desembocan en una recapitulación de todos los temas utilizados a lo largo de este viaje sonoro.

La música de Gustav Holst ha sido injustamente tratada por la crítica contemporánea, quizás por haber preferido continuar los ejemplos de los compositores románticos en vez de indagar por los nuevos senderos expresivos que su tiempo le ofrecía. De formación tradicional inglesa y persona de austeras costumbres, no deja traducir su personalidad en su elocuente y, a veces, ornamentada obra musical. Gran conocedor de la filosofía, este compositor nacido en Cheltenham, en 1874, se interesó en un momento de su vida por la astrología y el movimiento planetario, en un intento de encontrar el verdadero sentido de la vida, cuando la sombra de la guerra planeaba sobre los europeos. El resultado fue Los planetas, suite para gran orquesta, dividida en siete movimientos, que ha influido más en la evolución del rock sinfónico que en la llamada música culta del siglo XX, lo que no significa que la obra carezca de la necesaria factura y riqueza expresiva como para mantenerse por sí misma más allá de su momento histórico. Aunque cada una de las partes responde al nombre de los siete planetas (menos La Tierra y Plutón, como ya se ha apuntado anteriormente) y a sus títulos mitológicos, correspondientes a sus respectivas deidades romanas, no hay que buscar ninguna explicación más allá de sus epítetos, aunque es difícil obviar alguno de ellos, como el correspondiente al primer movimiento, que en verdad fue el último en escribirse, pocos meses antes de estallar la Primera Guerra Mundial. Así, “Marte, el portador de la guerra”, es un capítulo violento, de ritmo extraño y difícil –un 5/4-, que irremediablemente debió estar influido por la situación. Sin embargo, la atmósfera de la segunda parte, Venus, el portador de la paz, contrasta abiertamente con la primera. Aquí reina un ambiente casi arcádico, donde todo está dispuesto para que reine la felicidad y el silencio. Mercurio, el mensajero alado se  representa en un scherzo, formado por  melodías de carácter airoso, a cargo de la flauta y la celesta. Un clima popular y bailable sirve de introducción a  una especie de canción sin palabras o  himno clamoroso en Júpiter, el portador de la alegría; mientras  Saturno, el portador de la vejez, comienza con un tono sombrío que se transforma en una marcha a cargo de los metales, para terminar en un ambiente sereno y calmo. Esos mismos instrumentos de metales comienzan la melodía de Urano, el mago, con solo cuatro notas, recogidas inmediatamente con encanto y destreza por el fagot. El último movimiento, Neptuno, el místico, encierra en su misterio lo mejor de la suite: parece un coro final donde se transmite el secreto del universo, la distancia entre los astros y sus proporciones: En definitiva, la música inaudible de las esferas, que Holst tradujera por sugerencia de su amigo, el también compositor Clifford Bax, tras un viaje de este a Gibraltar en 1912, y que se convertiría en una de las obras más populares y descriptivas del posromanticismo inglés, junto con las Variaciones Enigma¸ de Elgar o La alondra elevándose, de su íntimo amigo Vaughan Williams.

José Ramón Ripoll

 

Martin Grubinger, percusión

Martin Grubinger es un joven percusionista austriaco nacido en 1983 en Salzburgo. Inició su carrera académica en el Conservatorio Bruckner de Linz, completándola más tarde en el Mozarteum de Salzburgo. Su proyección internacional se consolida después de estar entre los finalista del concurso EBU de Noruega y, haber sido el finalista más joven en el Segundo Concurso Marimbístico Mundial, celebrado en Okaya, Japón.

Entre sus numerosas actuaciones destacan las realizadas en la Musikverein de Viena, el Palais des Beaux Arts de Bruselas, la Konzerthaus de Berlin, el Carnegie Hall de Nueva York y el Concertgebouw de Amsterdam, así como sus intervenciones en los festivales de Bregenz y de Schleswig-Holstein, en este último y después del recital ofrecido con Marta Argerich y Nelson Freire, presidido por Christoph Eschenbach, recibió el “Bernstein Award”. También ha sido solista con importantes orquestas como la Filarmónica de Munich, la Gewandhaus de Leipzig, la Filarmónica de Oslo y con la Filarmónica de Bergen bajo la batuta de Rafael Frühbeck de Burgos.

Su proyecto “The Percussive Planet” se presentó en septiembre del 2006 en el Beethovenfest de Bonn, proyecto que se presenta también en Munich, Colonia, Linz y Luxemburgo. Compositores como Rolf Waldin, Anders Koppel y Friedrich Cerha han compuestos obras dedicadas a Martin Grubinger. Fuera de los escenarios cabe destacar su papel como “artista residente” en la Gewandhaus de Leipzig donde ha llevado a cabo un extenso programa educativo.

Modernidad y música espectacular en el concierto de apertura. Jesús Rueda compuso Tierra con la intención de completar los célebres Planetas de Gustav Holst, una de las obras más populares del repertorio del siglo XX. Frozen in time, del israelita Avner Dorman, es un concierto para percusión que en sólo dos años ha cosechado éxitos ante públicos tan exigentes como los de las Filarmónicas de Hamburgo y Munich, siempre con el sorprendente Martin Grubinger como solista.

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  • Sábado 21 de Mayo de 2022 19:00h
  • Martes 24 de Mayo de 2022 19:30h
  • Viernes 27 de Mayo de 2022 19:30h
  • Sábado 28 de Mayo de 2022 19:00h (*OB)
  • Lunes 30 de Mayo de 2022 19:30h

*OB: Opera Berri

Patrocina:

FICHA

  • Cio-Cio San: Maria Agresta*
  • Cio-Cio San BERRI: Carmen Solís
  • Pinkerton: Sergio Escobar
  • Pinkerton BERRI: Javier Tomé
  • Suzuki: Carmen Artaza*
  • Sharpless: Damián del Castillo
  • Goro: Jorge Rodríguez-Norton
  • Kate Pinkerton: Marta Ubieta
  • Yamadori y Comisario: Jose Manuel Día
  • Tío Bonzo: Fernando Latorre
  • Oficial del registro: Javier Campo**
  • Yakuside: Gexan Etxabe
  • La madre de Cio-Cio San: Eider Torrijos**
  • La tía de Cio-Cio San: Leyre Mesa**
  • La prima de Cio-Cio San Olga Revuelta**
  • Bilbao Orkestra Sinfonikoa
  • Coro de Ópera de Bilbao: Director Boris Dujin
  • Director musical: Henrik Nánási*
  • Director de escena: Stefano Monti
  • Coproducción Teatro Comunale di Modena / Teatro Municipale di Piacenza

*Debuta en ABAO Bilbao Opera
**Coro de Ópera de Bilbao

MÁS INFORMACIÓN

Benjamin Franklin Pinkerton, un oficial de la Armada de Estados Unidos, inspecciona una casita en una colina cercana a Nagasaki desde la que se ve el puerto. Va a alquilársela a Goro, un servicial casamentero. Junto con la casa recibe también a tres criados y a una geisha como mujer, cuyo nombre es Cio-Cio San, pero que es conocida como Butterfly. El alquiler, según la costumbre japonesa, es por una duración de 999 años, susceptible de ser renovado todos los meses. El cónsul estadounidense, Sharpless, llega jadeante después de haber subido la colina. Pinkerton describe su filosofía del yanqui indómito que recorre el mundo en busca de experiencias y placeres. No está seguro de si sus sentimientos por la joven japonesa son realmente amor o simplemente un capricho, pero su intención es seguir adelante y celebrar la ceremonia nupcial. Sharpless le advierte de que es posible que la muchacha tenga una visión diferente del matrimonio, pero Pinkerton hace caso omiso de sus preocupaciones y le dice que algún día tendrá una verdadera esposa estadounidense. Ofrece al cónsul güisqui y propone un brindis.

Llega Butterfly con sus amigos para la ceremonia. En una conversación casual tras la presentación formal, la muchacha admite que tiene tan solo quince años y explica que su familia fue importante en otro tiempo, pero que luego perdió su posición desahogada, por lo que no le ha quedado más remedio que ganarse la vida como geisha. Llegan sus familiares y hablan sobre la celebración de un matrimonio tan desigual. Cio-Cio San enseña a Pinkerton sus exiguas posesiones y le confiesa que ha estado en la misión cristiana y que tiene la intención de convertirse a la religión de su marido. El comisionado imperial lee el contrato matrimonial y los parientes felicitan a la pareja. De repente, se oye desde lejos una voz amenazadora: es el bonzo, el tío de Butterfly, un sacerdote. Maldice a la muchacha por haber ido a la misión y por renunciar a su religión ancestral. Pinkerton les ordena a todos que se vayan e intenta consolar a Butterfly con palabras dulces. Suzuki le ayuda a ponerse el kimono nupcial antes de que la pareja se reúna en el jardín, donde se dejan llevar por la pasión.

Cuando comienza el Acto II han transcurrido tres años y Cio-Cio San está esperando el regreso de su marido a casa. Suzuki implora ayuda a los dioses, pero Butterfly le reprende por creer en los dioses japoneses en vez de en la promesa de Pinkerton de que un día regresaría. Aparece Sharpless con una carta de Pinkerton, pero antes de que pueda leerla a Butterfly, aparece Goro con el último pretendiente de la joven, el acaudalado príncipe Yamadori. Butterfly sirve amablemente té a los invitados, pero insiste en que no está disponible para contraer matrimonio: su marido estadounidense no la ha dejado y le dio palabra de que un día regresaría. Pide a Goro y Yamadori que se vayan. Sharpless intenta leer la carta de Pinkerton y sugiere a Butterfly que quizá debería reconsiderar la oferta de Yamadori. Como respuesta, ella le muestra al cónsul el hijo que ha tenido con Pinkerton. Dice que su nombre es “Pesar”, pero que cuando regrese su padre se llamará “Dicha”. Sharpless está demasiado hundido para seguir leyéndole el contenido de la carta. Se va prometiéndole que informará a Pinkerton sobre la existencia de su hijo. Un cañonazo en el puerto anuncia la llegada de un barco. Butterfly y Suzuki leen su nombre desde la terraza: es el de Pinkerton. Radiante de alegría, Butterfly se une a Suzuki para decorar la casa con flores. Cae la noche y Butterfly, Suzuki y el niño emprenden una vigilia sin apartar la vista del puerto.

Amanece y Suzuki insiste en que Butterfly intente dormir un poco. Butterfly mete al niño en la casa. Aparece Sharpless con Pinkerton y Kate, la nueva mujer de Pinkerton. Suzuki se da cuenta de quién es la mujer estadounidense y se muestra de acuerdo en ayudar a comunicar la noticia a Butterfly. A Pinkerton le invade la sensación de culpa y se retira un poco para recordar los días pasados en la casa. Cio-Cio San entra apresuradamente confiando en encontrar a Pinkerton, pero es a Kate a quien ve en su lugar. Comprendiendo la situación, se muestra de acuerdo en renunciar a su hijo, pero insiste en que sea Pinkerton quien vuelva a por él. Tras echar a todo el mundo, Butterfly saca la daga con la que su padre se había suicidado, pues prefiere morir con honor que vivir con vergüenza. Se detiene por un instante cuando entra el niño inesperadamente, pero Butterfly lo saca al jardín y ella se retira detrás de una cortina. Cuando llega Pinkerton, pronunciando su nombre, la joven se clava la daga.

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Temporada 2022-2023
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>Concierto para dos Aniversarios Bilbao Orkestra Sinfonikoa & Guggenheim Bilbao

Concierto para dos Aniversarios Bilbao Orkestra Sinfonikoa & Guggenheim Bilbao

Lugar: Guggenheim Bilbao

Coincidiendo con el centenario de la BOS el Museo Guggenheim Bilbao celebra su 25º Aniversario. En esta doble celebración, el Museo será el escenario de un gran concierto de la BOS abierto a la ciudadanía cuyo programa incluirá “Cuadros de una exposición”, la obra con la que Modest Mussorgsky rindió homenaje a su amigo Viktor Hartmann, con ocasión de la exhibición de algunas de sus obras tras su fallecimiento. La pieza representa un recorrido de cuadro en cuadro, en un estilo musical de fuerte carácter descriptivo. Compuesta originalmente para piano, la música fue “coloreada” por Maurice Ravel con una brillante orquestación. Junto a este gran clásico, en este concierto se recuperará el poema sinfónico, de lenguaje denso y poderoso, “Andrómeda”, de Augusta Holmès, compositora francesa injustamente tratada por la historia, al igual que muchas de sus colegas. Una gran oportunidad para celebrar la amistad y el diálogo entre las artes.

Patrocina:

Localización : Atrio
Punto de venta : Taquilla y Web
Duración : 60
Más información : Aforo limitado y uso responsable de mascarilla.
Se ruega puntualidad. No se podrá acceder al Atrio una vez iniciada la actividad.

Web: Guggenheim

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