Conciertos

TEMPORADA BOS 11

Concierto de Carnaval


Palacio Euskalduna.   20:00 h.

Rossini: La gazza ladra, obertura
G. Bizet/Borne: Fantasía sobre temas de Carmen, para flauta y orquesta
E. Damare: La merle blanc, para piccolo y orquesta 
F. Liszt/ G. Darvas: Rapsodia húngara nº 2
Berlioz: Carnaval romano, obertura 
F. Velázquez: Viento del oeste
M. Ravel: Bolero 
 
Horacio Parravicini, flauta
Günter Neuhold, director

FECHAS

  • 16 de febrero de 2012       Palacio Euskalduna      20:00 h.
  • 17 de febrero de 2012       Palacio Euskalduna      20:00 h.

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VOULEZ VOUS DANSER AVEC MOI?
 
Les invitamos a disfrutar de una noche de baile al más puro estilo italiano, francés -con el protagonismo de la flauta y el piccolo en dos de las obras- y húngaro con algunos de los compositores más carismáticos de la historia en la que además asistiremos al estreno absoluto de Viento del Oeste, obra del compositor getxotarra Fernando Velázquez.
 
Comenzaremos con una de las oberturas más bonitas de la ópera italiana, La gazza ladra (La urraca ladrona) compuesta por Rossini, el hombre que, como describió Lord Byron, dominó la escena musical de su época: “Últimamente ha habido una ópera espléndida en San Benedetto, obra de Rossini, que acudió en persona para tocar el clave; la gente lo siguió por todas partes, lo coronó, le cortó mechones de pelo como recuerdo, lo aclamó, le dedicó sonetos y lo inmortalizó mucho más que a ningún emperador”. Compuesta en 1817 unas horas antes de su estreno en La Scala – cuentan que el día anterior el productor encerró a Rossini en una habitación, amenazando con tirarlo por la ventana si la partitura no estaba lista- La gazza ladra desarrolla la historia de la joven Ninetta injustamente condenada a muerte por robar una cuchara de plata que, en realidad, había sido sustraída por una urraca. La obertura, la parte más célebre de la ópera, está orquestada para la combinación sinfónica habitual a la que se le añaden cajas o tambores militares. El comienzo, protagonizado por dos redobles de tambores, sirve de introducción a una enérgica marcha militar que desarrolla la orquesta. Tras un movimiento de sonata, en el que se suceden algunas de las melodías más bellas y conocidas del repertorio rossiniano, la obertura finaliza con un característico crescendo que desemboca en el climax final. Según el testimonio de Stendhal, que estuvo presente en el estreno, la recepción de la obertura fue todo un éxito “poco antes del final del primer presto, el teatro era una tempestad de delirio y el público al completo animaba a la orquesta con acompañamientos improvisados”.
Carmen es hoy en día la ópera francesa más célebre y, sin duda, una de las más famosas de la historia del repertorio operístico. Sin embargo, tres meses después de su mal acogido estreno parisino, moría Bizet con la sensación de un fracaso absoluto. Poco después, su clamoroso éxito en Viena le abriría las puertas de los teatros de ópera de todo el mundo. El incuestionable atractivo de sus numerosas y bellísimas melodías inspiró a diversos intérpretes/compositores que como Horowitz, Sarasate, Waxman y Borne, escribieron Fantasías con las que poner de relieve su virtuosismo. En esta ocasión, escucharemos la Fantasía sobre temas de Carmen compuesta por este último, compositor y flautista francés que se sirvió de esta ópera para exhibir su gran talento. Tras una breve introducción, el sonido de la flauta adquiere el protagonismo y, a modo de improvisación, entona una melodía que sugiere el revoloteo de un pájaro. A continuación, se escucha el inquietante Tema del destino que es seguido por la famosa Habanera. El sonido militar de Los Dragones de Alcalá, se antepone a la Canción de los Toreadores donde la flauta interpreta una espectacular y rapidísima improvisación que conduce al final de la obra.
Otro gran flautista que compuso pensando en el éxito de sus propios recitales fue el vasco francés Eugene Damare. Reconocido intérprete de flauta y piccolo, La merle blanc (El mirlo blanco) es una de sus obras más conocidas. Escrita en 1890- coincidiendo con la denominada “edad de oro” del piccolo en la que se crearon muchas piezas de virtuosismo utilizando ritmos de danzas y temas de óperas famosas- se trata de una polca-fantasía en el estilo de la música de salón de aquellos años.
Sin duda, Franz Liszt –Celebritate sua sat notus como podía leerse en su pasaporte- ha sido una de las personalidades más relevantes de la historia de la música. Director, compositor, profesor, concertista de piano, llegó a ser considerado en su época un genio capaz de generar una experiencia estética desconocida hasta entonces. Aunque educado de una manera cosmopolita en Viena y París, siempre presumió de su condición de húngaro. Sus investigaciones sobre el folklore magiar le llevaron a componer, entre otras obras, sus Rapsodias Húngaras para piano sobre las que George Bernard Shaw escribió: “son brillantes, tintineantes, vertiginosas, precipitadas… y tan veloces que resulta imposible resistir el deseo de levantarse y bailar”. De las diecinueve que llegaron a publicarse, la Segunda es la más interpretada y efectista. Compuesta en1847 está dedicada a uno de sus mecenas: el conde László Teleki. Las tres secciones en las que está dividida contrastan un profundo sentimiento trágico con los alegres ritmos de las danzas magiares. Una lenta introducción sirve de anuncio a una melancólica melodía que, a su vez, será respondida por una rápida sección en la que la alternancia entre tranquilidad y agitación será una constante. En la década de los 60 Liszt y su alumno Franz Döppler, realizaron el arreglo para orquesta de seis de estas Rapsodias. Tras ellos, varios han sido los compositores que han realizado otras versiones para orquesta. Esta noche escucharemos la Segunda Rapsodia en el arreglo perteneciente al compositor y musicólogo húngaro del siglo XX Gábor Darvas.
En 1838 Berlioz estrenó en París su ópera Benvenuto Cellini basada en las memorias del célebre escultor florentino. La recepción no pudo ser peor: a las despiadadas críticas se unió la malísima impresión que ejerció entre los intérpretes y el público. A pesar de esto, cinco años más tarde Bellini decidió retomar dos temas de la ópera para escribir una nueva obertura que pudiera ser utilizada como obra de concierto independiente. Contra todo pronóstico, creó una de las obras más famosas de su catálogo: Carnaval Romano en la que volvió a demostrar su gran talento como orquestador. Al igual que la mayoría de sus oberturas, comienza con una brillante introducción. A continuación, y de la mano del corno inglés, realiza su aparición el dúo de amor, correspondiente al primer acto: O Teresa vous que j´aime. La otra melodía reutilizada es un saltarello procedente de una escena de carnaval del segundo acto que recuerda a las danzas folklóricas romanas. El estreno, que tuvo lugar en 1844 en la Salle Herz de París bajo la batuta del compositor, fue todo un éxito. Aunque sólo se ensayó una vez – los instrumentistas de viento fueron reclamados por la Guardia Nacional para tocar en otro lugar la misma mañana del ensayo- Berlioz desde su podio de director tranquilizó a los músicos: “Sois unos excelentes intérpretes. Mirad mi batuta tan a menudo como podáis, contad vuestros silencios con cuidado y todo saldrá bien.”. No se equivocó, los aplausos y gritos del entusiasmado auditorio le obligaron a volver a tocarla.
Fernando Velázquez es hoy en día uno de los compositores de bandas sonoras más reconocido de nuestro país quizá porque, como él mismo dice, cuando compone piensa de la misma manera en sus gustos y en los del público. Además de haber escrito la música de la película El orfanato y de haber entrado en el mercado americano con la de Devil su catálogo compositivo abarca prácticamente todos los géneros. Esta noche tendremos la oportunidad de asistir al estreno absoluto de su última obra orquestal Viento del Oeste. Nadie mejor que él para explicarla: “Lo más habitual en el lugar de donde vengo es que sople el viento del Oeste. Bueno, más bien del Noroeste. Los surferos lo llaman " Gallego". Suele traer lluvia y la luz es… es una luz que induce a la melancolía. Más que otras. Pero es inmensamente vital. Este trozo de tiempo y sonido es la resonancia de un recuerdo (o de una intuición futura) de uno de tantos incontables paseos al borde del agua bajo esa luz. Al atardecer, al amanecer, a mediodía, con retazos de sol lluvia… mirando al mar, caminando, simplemente contemplando”.
Al igual que hizo con otros compositores como Debussy, Honegger, Milhaud y Stravinsky, en 1927 la bailarina Ida Rubinstein, encargó a Ravel la composición de un nuevo ballet “de sabor español” basado en la Iberia de Albéniz. Al descubrir que los derechos de orquestación pertenecían a Enrique Fernández Arbós, Ravel decidió elaborar una obra experimental que, utilizando únicamente un tema y un contratema, desembocara en un apoteósico crescendo. Aunque en un principio pensó en utilizar el ritmo del fandango, finalmente se decidió por otra danza andaluza menos rápida: el bolero que, según sus propias palabras, debía ser ejecutada en un tempo único, en el estilo quejumbroso y monótono de las melodías árabe-españolas. El ballet Boléro fue estrenado en 1928 en la Ópera Garnier de París. Aunque el deseo de Ravel era situar la escena en una fábrica, finalmente la acción se desarrolló en un oscuro café de Barcelona donde una veintena de hombres jugaban a las cartas mientras una seductora mujer bailaba encima de la mesa al ritmo del bolero. La sensual danza de Ida Rubinstein no sólo provocó un trágico despliegue de cuchillos en el escenario sino que también supuso un escándalo entre la crítica más conservadora. En 1931, un año después del estreno de la versión orquestal bajo la batuta del compositor, Ravel escribía al crítico Calvocoressi: “Deseo que no haya confusiones respecto a mi Boléro. Es una experiencia en una dirección muy especial y no debería suscitar la sospecha de que intenta otra cosa que lo que intenta. Es una pieza de diecisiete minutos que consiste únicamente en un tejido orquestal sin música, un largo y progresivo crescendo. No hay contrastes, no hay prácticamente ninguna invención excepto por la idea y la forma de ser interpretado“
Patricia Sojo
 
 
 
 
 
 
Horacio Parravicini, flauta
 
Horacio Parravicini nace en 1960 en Buenos Aires, en el seno de una familia italiana dedicada al cine, la fotografía y la bioquímica.
 
Cursa sus estudios en la escuela Edmondo d’Amicis, donde se inicia en la literatura de Petrarca, Dante y Manzoni. El contacto con estos autores será clave para su posterior visión del arte en general y de la música en particular.
 
Inicia los estudios de flauta con Alfredo Montanaro en el Conservatorio Nacional Carlos López Buchardo. Estudia Armonia con Fermina Casanova e Historia del Arte con Juan Pedro Franze. Se graduará en 1980 en dicho Conservatorio con la Medalla al Mejor Promedio de Calificaciones. En 1986 sigue cursos de perfeccionamiento con Glauco Cambursano en el Conservatorio Giuseppe Verdi de Milán. En Berlín estudia con el flautista Andreas Blau y en Inglaterra con William Bennett.
 
Desde 1986 es flauta solista en la Orquesta Sinfónica de Bilbao. Participa frecuentemente en la Temporada de Cámara de la BOS con diversas formaciones, especialmente con el Quinteto de Vientos.
 
La flauta no es la única pasión de Horacio: desde antes del inicio de su carrera musical hasta hoy, la fotografía ocupa un importante y significativo espacio en su vida.
 

El Bolero de Ravel

Sin duda el concierto de abono con un programa más popular. Ligereza en la música de Rossini, virtuosismo en las obras de flauta y flautín que afronta nuestro solista Horacio Parravicini, brillantez en la Rapsodia húngara de Liszt, y la obertura Carnaval de Berlioz, modernidad en el estreno mundial del compositor de Getxo Fernando Velázquez y un final apoteósico con el crescendo hipnótico del Bolero de Ravel.

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