Conciertos

TEMPORADA BOS 12

La gran orquesta en Rusia


Palacio Euskalduna.   20:00 h.

P.I. Tchaikovsky: Nocturno y Andante cantabile para violonchelo y orquesta
P.I. Tchaikovsky: Variaciones Rococó para violonchelo y orquesta
D. Shostakovich: Sinfonía nº 5

Enrico Dindo, biolontxeloa/violonchelo
Adrian Leaper, zuzendaria/director

FECHAS

  • 25 de febrero de 2010       Palacio Euskalduna      20:00 h.
  • 26 de febrero de 2010       Palacio Euskalduna      20:00 h.

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Un ruso y un soviético

En esto de la música clásica parece cumplirse un extraño axioma: todo lo han ido inventando los italianos, todo lo han ido perfeccionando los germanos, todo lo han ido comprando los ingleses; y los franceses a su rollo.
Esto se viene cumpliendo escrupulosamente casi desde el Trecento, por exagerar un poco. Era una ley tan inmutable que el propio mundo musical fue el primer sorprendido cuando, a eso de mediados del XIX, Italia dio sus primeras muestras de que ya estaba bien y de que cedía el testigo a otro. Por supuesto, era un retirarse muy sui generis del rol de locomotora –hablamos de la Italia de Verdi y de Puccini– pero la hegemonía en el terreno de la música instrumental cada vez quedaba más lejos.
Al principio, allá por el XVIII y conforme iba avanzando el XIX, los italianos daban por sentado que esta importancia dada a los géneros sinfónicos no era sino una perversión pasajera, algo que cedería con el paso del tiempo hasta que todo volviera al cauce de la verdadera música, la vocal. Pero la cosa no remitió. Máxime cuando a Wagner, el ingeniero genético, se le ocurrió cruzar el género de la ópera con el de la sinfonía, dando a luz un objeto musical en el que los cantantes ya sólo eran, como mucho, coprotagonistas. Ya no cabía marcha atrás. La orquesta existía y había llegado para quedarse. Nuevas voces llegadas de los tres puntos cardinales –los ingleses seguían rascándose la barriga y tirando de chequera– aceptaron con alegría a Viena como el nuevo centro de gravedad de la música.
Como pasó con muchas otras artes, Rusia llegó con bastante retraso a la cita. Prácticamente nada que declarar antes de esta segunda mitad del XIX. De nuevo podemos exagerar diciendo que el gran público europeo sólo se dio cuenta de que Rusia existía a raíz de escuchar las obras de Piotr Ilich Tchaikovsky (1840-1893). Bien es cierto que otros grandes compositores ya habían dado o estaban dando señales de vida, concretamente Glinka y los miembros del Grupo de los Cinco –Balakirev, Cui, Mussorgsky, Rimski-Korsakov y Borodin– aunque las salas de conciertos los solían juzgar como algo pintoresco, raro o, directamente, música étnica vestida de frac.
Pero con Tchaikovsky la cosa cambió. No era sólo un compositor ruso; era un compositor a secas. Con las ventajas y los inconvenientes que ello implicaba. Pese a que Tchaikovsky se sentía profundamente ruso, y su música así lo atestigua, no quiso que este hecho lo convirtiera en otra figura folklórica más, un juguete llegado de los confines de Occidente. Su formación había sido perfectamente académica y sus obras también lo eran. Hasta sus novedades y extravagancias podían ser analizadas en términos académicos. Jugaba en el patio de los mayores e, inevitablemente, se llevó alguna patada de los críticos y de sus colegas, por no hablar de un sector de compatriotas que, muy erróneamente, lo tacharon en sus comienzos de apátrida y descastado. En realidad Tchaikovsky fue acusado de casi todo en un momento u otro. Para su desconcierto lo llamaron simplón, rebuscado, populachero y críptico.
Nuestro compositor tuvo una vida artística extraña –en lo personal mejor ni entramos, que da para un Aquí Hay Tchaikovsky–. Ciertas obras fueron éxitos fulminantes mientras que otras, hoy en día completamente aceptadas, tardaron más en asentarse.
Tuvo una singular mala suerte con los virtuosos a los que fue dedicando sus grandes partituras con solista. El fantástico Concierto para piano nº 1 en si bemol menor –posiblemente el concierto para piano más famoso de la historia– no terminó de convencer al entonces omnipotente Nikolai Rubinstein y tuvo que ser bautizado en 1875 por von Bülow, otro fiera del teclado que se abalanzó sobre la oportunidad que se le ofrecía. Otro tanto pasó con su Concierto para violín en re mayor –igualmente el concierto romántico por antonomasia–. Compuesto en 1878 para Leopold Auer, éste lo rechazó en favor del violinista Adolph Brodsky, ganándose de paso un hueco en la historia de la música por tamaña plancha.
Aunque quizá fuera mejor esto que lo que le pasó a Tchaikovsky con la tercera obra para solista compuesta en aquella época. Nos referimos a las Variaciones sobre un Tema Rococó, escritas en 1876 para un más que entusiasta Wilhelm Fitzenhagen, magnífico instrumentista que desde su recién estrenada cátedra en Moscú dio comienzo a la larga estirpe de cellistas que han visto nacer esas tierras. El hecho es que el exceso de celo por parte de Fitzenhagen culminó con uno de los episodios más chuscos de la edición musical. Desde el principio de los tiempos los solistas habían aconsejado más o menos sutilmente a los compositores sobre la mejor manera de escribir para un instrumento concreto, pero lo que hizo Fitzenhagen fue cualquier cosa menos un ejercicio de sutilidad. A medida que iba dando conciertos con la obra cogió las ocho variaciones y las redistribuyó con alegría en busca de un mayor efecto sobre el público, jamándose de paso la octava.
Hasta tal punto llegó a sentir la obra como propia que cuando la partitura se encaminó a la imprenta su gran preocupación fue convencer al editor Jurgenson de que contaba con carta blanca para retocar y modificar la obra a voluntad. Tras algunas cartas cruzadas la cosa concluyó en una edición con la que casi le da un ataque al compositor. Lo más llamativo del episodio fue que cuando años más tarde le ofrecieron cortésmente a Tchaikovsky la posibilidad de editar la obra tal y como fue compuesta, éste se limitó a soltar un taco y decir que dejaran todo como estaba.
Quizá por recibir tantos sustos de la terna Rubinstein-Fitzenhagen-Auer, Tchaikovsky nunca llegó a escribir un concierto para cello propiamente dicho, pese a que era uno de sus instrumentos preferidos. En su lugar transcribió un puñado de piezas de muy diversos orígenes. El Nocturne había nacido como una de las Seis Piezas para piano op. 19 compuestas en 1873 y el Andante Cantabile no es sino la versión transportada del tiempo lento de su Primer Cuarteto op. 11, escrito en 1871. Con éstas y otras obras Tchaikovsky continuó con su consagración, cada vez menos discutido, cada vez con más honores y gozando del apoyo expreso de Alejandro III, zar de todas las Rusias. Al año siguiente del estreno de las Variaciones Rococó, nacía en una de estas Rusias, concretamente Georgia, el súbdito Iosif Stalin.
Quiere la leyenda que fuera el propio Stalin el autor del demoledor artículo contra la Lady Macbeth de Shostakovich que apareció en el Pravda del 28 de enero de 1936. “El caos reemplaza la música” se titulaba la reseña, y se hablaba del río de sonidos intencionalmente confusos y discordantes.
El efecto no fue inmediato pero casi. Diez meses más tarde un Dmitri Shostakovich (1906-1975) con apenas 30 años recién cumplidos se acercó a la sala Philarmonie de Leningrado, donde una inmensa orquesta ensayaba su Cuarta Sinfonía, y retiró la obra de los atriles sin más explicaciones.
Shostakovich era, sin lugar a dudas un héroe de estado; a ratos, pero un verdadero héroe. Incluso tuvo derecho a una temprana biografía oficial, escrita por Ivan Martynov en 1942, que más parecía la transcripción de las actas de un sumario que otra cosa. “Más rápidamente que muchos de sus camaradas, Shostakovich ha comprendido la necesidad de una crítica severa y ha sacado de ella todo el partido que ha podido”.
Tampoco desentrañaremos nunca si Shostakovich fue en realidad un criptoresistente en activo o si sencillamente enterró sus pensamientos en el corazón de sus obras bajo un ropaje de música por encargo. Tan profundos que ningún comisario político pudiera adivinarlos más allá de una cierta sospecha de humor negro y grotesco. El hecho es que la Quinta Sinfonía, compuesta y estrenada en 1937, vino a salvar a Shostakovich de la gran purga que estaba diezmando por aquel entonces las élites culturales soviéticas. Pocas veces, salvo quizá en el caso del mejor Mahler, una obra presentaba tantos planos superpuestos y tantas lecturas. Tantas que gustó al Padrecito Stalin, gustó a las audiencias occidentales y gusta hoy en día, cuando las circunstancias concretas de su gestación han pasado a un beatífico olvido. Martynov, hablando de 1941 y de la composición de la Séptima sinfonía Leningrado en una ciudad en ruinas cantaba a un Shostakovich que “cumplía con su deber, mostrando de qué manera un compositor soviético digno de este nombre debía saber permanecer fiel en su puesto de combate cultural.” Lo que nunca sabremos es hacia dónde disparaba Shostakovich sus sinfonías.

Joseba Berrocal

"Respuesta de un artista soviético a unas críticas justas" es quizás el epígrafe más famoso de la música clásica. Con estas palabras, y con una música que tiende a la sencillez y la grandiosidad, expresa Shostakovich una disculpa real (o quizás fingida) después de las amenazas recibidas a raíz de su ópera Lady Macbeth. En todo caso, más que como una "vuelta al redil", la obra se recibe hoy en día como un ejercicio extremo de tensión emocional que no es ajeno al drama vivido por el compositor. Por delante, las célebres Rococó en la versión del gran Truls Mork.

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Lugar: Palacio Euskalduna

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I

AUGUSTA HOLMÈS (1847-1903)

Andromède, Poema sinfónico*

CÉSAR FRANCK (1822-1890)

Variaciones sinfónicas para piano y Orquesta.

Joaquín Achúcarro, piano

II

MODEST MUSSORGSKY (1839-1881) / MAURICE RAVEL (1875-1937)

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I. Promenade – Gnomus
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V. Baile de los polluelos dentro del cascarón
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Información y entradas
Temporada 2021-2022
21 - 24 - 27 - 28 - 30
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Madama Butterfly

Lugar: Palacio Euskalduna

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Representaciones

  • Sábado 21 de Mayo de 2022 19:00h
  • Martes 24 de Mayo de 2022 19:30h
  • Viernes 27 de Mayo de 2022 19:30h
  • Sábado 28 de Mayo de 2022 19:00h (*OB)
  • Lunes 30 de Mayo de 2022 19:30h

*OB: Opera Berri

Patrocina:

FICHA

  • Cio-Cio San: Maria Agresta*
  • Cio-Cio San BERRI: Carmen Solís
  • Pinkerton: Sergio Escobar
  • Pinkerton BERRI: Javier Tomé
  • Suzuki: Carmen Artaza*
  • Sharpless: Damián del Castillo
  • Goro: Jorge Rodríguez-Norton
  • Kate Pinkerton: Marta Ubieta
  • Yamadori y Comisario: Jose Manuel Día
  • Tío Bonzo: Fernando Latorre
  • Oficial del registro: Javier Campo**
  • Yakuside: Gexan Etxabe
  • La madre de Cio-Cio San: Eider Torrijos**
  • La tía de Cio-Cio San: Leyre Mesa**
  • La prima de Cio-Cio San Olga Revuelta**
  • Bilbao Orkestra Sinfonikoa
  • Coro de Ópera de Bilbao: Director Boris Dujin
  • Director musical: Henrik Nánási*
  • Director de escena: Stefano Monti
  • Coproducción Teatro Comunale di Modena / Teatro Municipale di Piacenza

*Debuta en ABAO Bilbao Opera
**Coro de Ópera de Bilbao

MÁS INFORMACIÓN

Benjamin Franklin Pinkerton, un oficial de la Armada de Estados Unidos, inspecciona una casita en una colina cercana a Nagasaki desde la que se ve el puerto. Va a alquilársela a Goro, un servicial casamentero. Junto con la casa recibe también a tres criados y a una geisha como mujer, cuyo nombre es Cio-Cio San, pero que es conocida como Butterfly. El alquiler, según la costumbre japonesa, es por una duración de 999 años, susceptible de ser renovado todos los meses. El cónsul estadounidense, Sharpless, llega jadeante después de haber subido la colina. Pinkerton describe su filosofía del yanqui indómito que recorre el mundo en busca de experiencias y placeres. No está seguro de si sus sentimientos por la joven japonesa son realmente amor o simplemente un capricho, pero su intención es seguir adelante y celebrar la ceremonia nupcial. Sharpless le advierte de que es posible que la muchacha tenga una visión diferente del matrimonio, pero Pinkerton hace caso omiso de sus preocupaciones y le dice que algún día tendrá una verdadera esposa estadounidense. Ofrece al cónsul güisqui y propone un brindis.

Llega Butterfly con sus amigos para la ceremonia. En una conversación casual tras la presentación formal, la muchacha admite que tiene tan solo quince años y explica que su familia fue importante en otro tiempo, pero que luego perdió su posición desahogada, por lo que no le ha quedado más remedio que ganarse la vida como geisha. Llegan sus familiares y hablan sobre la celebración de un matrimonio tan desigual. Cio-Cio San enseña a Pinkerton sus exiguas posesiones y le confiesa que ha estado en la misión cristiana y que tiene la intención de convertirse a la religión de su marido. El comisionado imperial lee el contrato matrimonial y los parientes felicitan a la pareja. De repente, se oye desde lejos una voz amenazadora: es el bonzo, el tío de Butterfly, un sacerdote. Maldice a la muchacha por haber ido a la misión y por renunciar a su religión ancestral. Pinkerton les ordena a todos que se vayan e intenta consolar a Butterfly con palabras dulces. Suzuki le ayuda a ponerse el kimono nupcial antes de que la pareja se reúna en el jardín, donde se dejan llevar por la pasión.

Cuando comienza el Acto II han transcurrido tres años y Cio-Cio San está esperando el regreso de su marido a casa. Suzuki implora ayuda a los dioses, pero Butterfly le reprende por creer en los dioses japoneses en vez de en la promesa de Pinkerton de que un día regresaría. Aparece Sharpless con una carta de Pinkerton, pero antes de que pueda leerla a Butterfly, aparece Goro con el último pretendiente de la joven, el acaudalado príncipe Yamadori. Butterfly sirve amablemente té a los invitados, pero insiste en que no está disponible para contraer matrimonio: su marido estadounidense no la ha dejado y le dio palabra de que un día regresaría. Pide a Goro y Yamadori que se vayan. Sharpless intenta leer la carta de Pinkerton y sugiere a Butterfly que quizá debería reconsiderar la oferta de Yamadori. Como respuesta, ella le muestra al cónsul el hijo que ha tenido con Pinkerton. Dice que su nombre es “Pesar”, pero que cuando regrese su padre se llamará “Dicha”. Sharpless está demasiado hundido para seguir leyéndole el contenido de la carta. Se va prometiéndole que informará a Pinkerton sobre la existencia de su hijo. Un cañonazo en el puerto anuncia la llegada de un barco. Butterfly y Suzuki leen su nombre desde la terraza: es el de Pinkerton. Radiante de alegría, Butterfly se une a Suzuki para decorar la casa con flores. Cae la noche y Butterfly, Suzuki y el niño emprenden una vigilia sin apartar la vista del puerto.

Amanece y Suzuki insiste en que Butterfly intente dormir un poco. Butterfly mete al niño en la casa. Aparece Sharpless con Pinkerton y Kate, la nueva mujer de Pinkerton. Suzuki se da cuenta de quién es la mujer estadounidense y se muestra de acuerdo en ayudar a comunicar la noticia a Butterfly. A Pinkerton le invade la sensación de culpa y se retira un poco para recordar los días pasados en la casa. Cio-Cio San entra apresuradamente confiando en encontrar a Pinkerton, pero es a Kate a quien ve en su lugar. Comprendiendo la situación, se muestra de acuerdo en renunciar a su hijo, pero insiste en que sea Pinkerton quien vuelva a por él. Tras echar a todo el mundo, Butterfly saca la daga con la que su padre se había suicidado, pues prefiere morir con honor que vivir con vergüenza. Se detiene por un instante cuando entra el niño inesperadamente, pero Butterfly lo saca al jardín y ella se retira detrás de una cortina. Cuando llega Pinkerton, pronunciando su nombre, la joven se clava la daga.

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Temporada 2022-2023
18
Jun
2022
>Concierto para dos Aniversarios Bilbao Orkestra Sinfonikoa & Guggenheim Bilbao

Concierto para dos Aniversarios Bilbao Orkestra Sinfonikoa & Guggenheim Bilbao

Lugar: Guggenheim Bilbao

Coincidiendo con el centenario de la BOS el Museo Guggenheim Bilbao celebra su 25º Aniversario. En esta doble celebración, el Museo será el escenario de un gran concierto de la BOS abierto a la ciudadanía cuyo programa incluirá “Cuadros de una exposición”, la obra con la que Modest Mussorgsky rindió homenaje a su amigo Viktor Hartmann, con ocasión de la exhibición de algunas de sus obras tras su fallecimiento. La pieza representa un recorrido de cuadro en cuadro, en un estilo musical de fuerte carácter descriptivo. Compuesta originalmente para piano, la música fue “coloreada” por Maurice Ravel con una brillante orquestación. Junto a este gran clásico, en este concierto se recuperará el poema sinfónico, de lenguaje denso y poderoso, “Andrómeda”, de Augusta Holmès, compositora francesa injustamente tratada por la historia, al igual que muchas de sus colegas. Una gran oportunidad para celebrar la amistad y el diálogo entre las artes.

Patrocina:

Localización : Atrio
Punto de venta : Taquilla y Web
Duración : 60
Más información : Aforo limitado y uso responsable de mascarilla.
Se ruega puntualidad. No se podrá acceder al Atrio una vez iniciada la actividad.

Web: Guggenheim

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