Conciertos

TEMPORADA BOS 16

Abono Iniciación


Palacio Euskalduna.   20:00 h.

L. van Beethoven: Las criaturas de Prometeo, obertura
R. Schumann: Concierto para violonchelo y orquesta en La menor
I. Stravinsky: La consagración de la primavera

Valentin Erben, violonchelo
Günter Neuhold, director

FECHAS

  • 12 de mayo de 2011       Palacio Euskalduna      20:00 h.
  • 13 de mayo de 2011       Palacio Euskalduna      20:00 h.

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Del conservadurismo a la vanguardia

nos conducirá hoy el discurso de la música que, naciendo fenómeno físico, penetra en nuestros oídos, se transforma en vivencia y se instala en nuestro entendimiento o en nuestro corazón.
Ludwig van Beethoven (Bonn, 1770-Viena, 1827) llegó a la capital austriaca en 1792, apenas once meses después de la muerte de Mozart y sin haber cumplido aún los 22 años. Las primeras anotaciones de su diario, muestran a un joven pragmático y decidido a abrirse paso en el panorama musical vienés: tan ocupado estuvo a su llegada a la prometedora ciudad en buscarse un piano, como en encontrar un confeccionador de pelucas o un maestro de baile. Su principal objetivo era establecerse allí como pianista y compositor. Y lo consiguió rápidamente y con éxito notable. Además de sus indudables dotes como instrumentista, un motivo importante que intervino en el logro y mantenimiento de su posición, fue su habilidad para establecer contactos inmediatos con los círculos aristocráticos de la ciudad, que se encargaron de difundir la buena reputación, como organista y pianista, del músico que venía de Bonn. Además, esta aristocracia vienesa superaba a la del resto de Europa en su devoción por la música y gran parte de su tiempo y fortuna los dedicaba a esta gratificante afición. Muchos príncipes y condes, que acogían en sus palacios y fincas rurales a los virtuosos instrumentistas, mantenían orquestas privadas e incluso compañías de ópera y, si la fortuna era más reducida, daban empleo a alguna banda de viento o cuarteto de cuerda. Varios de ellos organizaban conciertos privados y necesitaban, por tanto, composiciones para sus intérpretes. En este panorama musical tan interesante y fértil, la creciente consideración de Beethoven como ejecutante y compositor hizo que en 1801 el coreógrafo Salvatore Viganó, maestro-director del Ballet Imperial y uno de los bailarines más reconocidos del momento (junto con su esposa la brillante María Medina), le hiciera el encargo de escribir la música para un ballet sobre el tema de Prometeo. Así nació Las criaturas de Prometeo Op. 43, obra que, sin duda, contribuyó a introducir a Beethoven en los escenarios vieneses, más allá de los conciertos privados que tanto proliferaban en los palacios de los aristócratas. El ballet se estrenó en el Burgtheater el 28 de marzo de 1801 y tuvo tanto éxito, que se dieron más de veinte representaciones. La pareja Viganó-Medina, lo mantuvo siempre en su repertorio. Sin embargo, solo se ha conservado un esbozo del argumento, aunque la partitura nos ha llegado completa. Consta de una Obertura, una Introducción y dieciséis números. La Obertura que escuchamos hoy, se inicia con unos vigorosos acordes que abren el telón al Adagio, amable y algo solemne, que precede al Allegro molto con brio en el que se alternan dos temas, uno fundamentado en figuraciones rapidísimas en la cuerda y el otro breve y ligero coloreado por los instrumentos de viento y teñido, en ocasiones, de cierta oscuridad.

Música algo convencional para un compositor joven que deseaba agradar y que logró, más tarde, abrirse camino hacia la independencia estética.

Y en la siguiente obra, Robert Schumann (Zwickau-Sajonia, 1810-Endenich, 1856) realiza el milagro: nos ofrece lirismo en un género tan épico en aquella primera mitad del siglo XIX, como era el concierto. Si bien es cierto que el violoncello es un excelente recitador y un sólido acompañante (redescubierto por los románticos en su dimensión más conmovedora y profunda), en la sensible imaginación de Schumann se torna cantor y poeta.

El Concierto para violoncello Op 129 en la menor, fue escrito en 1850 en Düsseldorf, a donde el músico había llegado con su familia, tras una etapa de crisis nerviosas cargadas de malos augurios. Schumann moriría seis años después de su composición sin poder escucharlo. Cuatro años más habrían de pasar tras el fallecimiento de su autor, para que el concierto se estrenara públicamente en el Conservatorio de Leipzig en 1860, en un homenaje a Robert Schumann en el 50 aniversario de su nacimiento.

La obra consta de tres movimientos que suenan sin interrupción, tal como a él le gustaba (esto queda patente en otras composiciones suyas de la misma época). Para el compositor, las pausas solo podían quitar unidad a la obra y entorpecer el natural discurrir de la música.

En el primer movimiento,  Nicht zu schnell (no demasiado rápido) tras el establecimiento de la atmósfera poética a través de la tonalidad de la menor (por cierto la misma que colorea su exquisito concierto para piano), el violoncello introduce el amoroso y ardiente tema principal que lo mantiene ocupado prácticamente todo el tiempo y que se complementa con una segunda idea más liviana y siempre cantable. Schumann sustituye la tradicional cadencia por una especie de interludio orquestal al que sigue el último canto del cello que nos lleva de la mano, sin que apenas nos demos cuenta, al delicioso segundo movimiento Langsam (Adagio) en el que, sobre un ligerísimo tapiz orquestal, se proyecta nuevamente la conmovedora, reflexiva y pausada voz del solista que nos conduce hasta la sección central (excelso momento, déjense envolver por el sonido). La música sigue fluyendo hasta encontrarse fugazmente con el tema principal del primer movimiento (recuerden el interés de Schumann por dar unidad a su obra). Tras esto, el solista entona una canción destinada a fundirse con el movimiento final, Sehr lebhaft (muy vivaz), vertebrado por una célula rítmica muy marcada que le aporta vigor. Aquí nos ofrece Schumann una cadencia, no exenta de apoyo orquestal, que desemboca en un final brillante y enérgico.

Pero energía sonora y motriz es la que llenará la sala con el poder de la vida que se renueva y que se palpa en la magistral escritura rítmica y tímbrica (sin menosprecio de otras cualidades compositivas) de que hace gala Igor Stravinsky (Oranienbaumm, 1882-Nueva York, 1971) en La consagración de la Primavera, composición que, sin duda, introdujo el concepto de “barbarie” (eso sí, de forma harto sofisticada) en el mundo sinfónico. No en vano su autor afirmaba: “para mí la música es una fuerza que justifica las cosas”. La obra fue escuchada por primera vez hace casi cien años y causó un escándalo sin precedentes en la historia de los estrenos musicales, del que alguno de los presentes en aquella ocasión salió mal parado. El Teatro de los Campos Elíseos de París fue el escenario elegido por Sergei Diaghilev para el espectáculo de música, danza, diseño de decorados y vestuario que, el 29 de Mayo de 1913, provocó un griterío tal, que la mayor parte de la música fue inaudible. Las reacciones fueron antagónicas y el público no podía hacer otra cosa que posicionarse entre los que consideraban la obra “genial” y los que la tomaron como una “blasfemia” para el arte.

La composición lleva como subtítulo “escenas de la Rusia pagana” y no solo encarna el culto al primitivismo que tanto perturbó a los asistentes al estreno, sino que plantea un nuevo lenguaje sonoro de “vibrante transparencia” (como  acertadamente lo calificó Erik Satie), sustentado en el empleo percusivo de la disonancia, la polirritmia y la politonalidad. Un viaje sin retorno que derivó en que Stravinsky acabara siendo el compositor más reconocido de su época. La obra está dividida en dos partes. La primera, titulada La adoración de la tierra, comprende una introducción y ocho números y la segunda, El sacrificio, consta de una introducción y cinco números.
Déjense sorprender y tonificar por la fuerza del sonido.
¡Qué poder el del lenguaje de la música, capaz de estimular tantas capacidades humanas: intelectuales, emocionales, motrices…!  Y sobre todas ellas, la capacidad de disfrutar.
Que la música de toda época siga sonando. Feliz escucha.

Mercedes Albaina

Valentin Erben, violoncello

Nacido en Viena, Valentín Erben fue miembro fundador del legendario Cuarteto Alban Berg.

Durante 38 años, tocó con este conjunto por todo el mundo, asimismo actuó como solista y músico de cámara con artistas de la talla de Alfred Brendl, Elisabeth Leonskaja, Andras Schiff, Helmut Deutsch, Maurizio Pollini, Heinrich Schiff, Tabea Zimmermann, Alois Posch, Sabine Meyer, Simon Rattle, Claudio Abaddo y Marek Janowski.

Valentin Erben es profesor de violonchelo desde 1970 en la Universidad de Música de Viena y profesor de música de cámara de la Escuela Superior de Música de Colonia. Imparte clases magistrales de modo regular en la escuela de verano de Hamburgo y en la Academia Chigiana de Siena.

En de abril de 2009, Valentin Erben estrenó su propia transcripción para violonchelo solista y narrador de la obra el Aprendiz de brujo de Paul Dukas. También ha interpretado cinco piezas para violonchelo solista de György Kurtág intercaladas con las lecturas que sirvieron de inspiración al compositor.

Recientemente ha fundado el Trío Stark con Nurit Stark (violín) y Cédric Pescia (piano).

Toca un violonchelo construido por Matteo Gofriller (Venecia, 1723), que también utilizaron Pierre Fournier y Yo Yo Ma.
 

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