Conciertos

TEMPORADA BOS 2

Miradas Sonoras: Italia


Palacio Euskalduna.   20:00 h.

G. Verdi : La forza del destino, obertura
N. Paganini : Concierto para violín y orquesta nº 1
Marcello Panni : “The banquet”, Sinfonietta
O. Respighi : Pini di Roma

Kyoto Yonemoto, biolina/violín
 Günter Neuhold
, zuzendaria/director

FECHAS

  • 05 de noviembre de 2009       Palacio Euskalduna      20:00 h.
  • 06 de noviembre de 2009       Palacio Euskalduna      20:00 h.

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Asier Vallejo Ugarte

ITALIA

El primero de los cuatro conciertos del ciclo “Miradas sonoras” pensado por la BOS para esta temporada nos lleva hoy a Italia, un país de escasa tradición sinfónica en la dimensión decimonónica del término pero que ha venido dictando a lo largo de centurias capítulos de gran trascendencia para la historia de la música occidental. No menor en la modernización de la ópera durante el siglo XIX fue la labor de Giuseppe Verdi, quien, asumiendo como punto de partida el legado de los autores belcantistas, depuró el relieve del melodrama italiano hasta llegar a la consumación del teatro musical tal y como se había entendido hasta entonces. Basada en el drama romántico casi homónimo del Duque de Rivas, La forza del destino (1862) pertenece a un periodo de plena libertad creativa, con unos personajes algo grises y primarios pero muy buen retratados y con un norte claro que va dejando a un lado elementos de tiempos anteriores en favor de una fluida continuidad de la música. Hay en principio dos versiones de la ópera: la original para el Teatro Imperial de San Petersburgo (donde Verdi cobró cerca de cuarenta veces más de lo que era allí habitual) y una segunda para el estreno en la Scala de Milán en 1869. Hay notables diferencias entre ambas, como por ejemplo la forma de afrontar el desenlace de la tragedia, algo suavizada en la versión milanesa. No obstante, lo que aquí nos interesa es que el breve preludio que sonó en la ciudad rusa devino en la italiana en la sensacional Obertura que escuchamos esta noche, seguramente la obra de Verdi más presente en las salas de concierto junto con su Réquiem y alguna que otra página coral. En ella están los principales motivos de la ópera, con el agitado tema del destino -ese destino que habrá de arrastrar consigo a todos los personajes imbuidos en este juego de amores, odios y honores- presentado por la cuerda inmediatamente después de los iniciales seis acordes de los metales. Aparecen pronto dos temas que relacionamos respectivamente con Alvaro y con su amante Leonora, irreconciliables tal y como queda demostrado por una temperatura creciente que desemboca en un nuevo momento de excitación. La vida vuelve a fluir cuando el clarinete desarrolla con luminoso lirismo el motivo correspondiente al indiano, mas desde que la música recupera su espíritu nervioso hasta el final de la página, al margen de ciertos ecos de solemne religiosidad, todo parece una pugna en las alturas entre Leonora y su propio destino, resuelta de forma poderosa a la espera de que lo que tenga que suceder lo haga en escena.

Si Verdi mereció en el ámbito musical reconocimiento por su clase como operista, el genovés Niccolò Paganini lo hizo por su condición de gran virtuoso, en un caso de hombre de masas verdaderamente singular pero muy de su tiempo. Leyendas más o menos descabelladas como la de un pacto con el diablo venían con su sola presencia cadavérica, resaltada por su rebelde melena y por su repulsivo pero hipnótico glamour, que parecía desfogarse ante su asombrosa técnica, implacable según cuentan las crónicas. Pero detrás del héroe mediático había un creador distinguido, tal vez algo ególatra (no podía ser menos en una época tan dada a mitificar a sus ídolos), mas preocupado por la evolución de la técnica del violín en tanto instrumento vivo capaz de abrir nuevas vías a la modernidad. No tenía que salir de su tierra para encontrar algunos notabilísimos predecesores, como Vivaldi o Tartini. De sus seis conciertos para violín son los tres primeros los que mejor han resistido el paso del tiempo, bien que sin la pujanza de sus veinticuatro caprichos para violín solo. Con todo, superada la fastuosa y a la vez irónica introducción del Allegro maestoso del Primer concierto (escrito probablemente entre 1817 y 1818), la música canta con una ligereza radiante, creando un ambiente animado en el que el violín, que desde muy pronto ha de volar por las alturas mientras se las ve con todo tipo de intervalos, acordes, arpegios y escalas, se siente en su salsa. Hay lógicamente momentos para la nostalgia, evocados a través de frases de obvia influencia belcantista, y también para trances de gran tensión, así en la parte que sigue al segundo episodio orquestal. No menos dramático es el arranque del Adagio, con el violín alzando su voz hasta un temprano clímax que no termina de relajarse hasta el pianissimo final. Mucho más distendido y pastoral es el Allegro spiritoso, que vuelve a poner a prueba el virtuosismo del solista con toda clase de travesuras y diabluras a medida que va desplegando una música de gran mordacidad concebida a partir de uno de los temas más populares de toda la producción paganiniana. 

El caso del intérprete que triunfa también en el mundo de la composición tiene un claro reflejo en nuestros días en la figura de Marcello Panni, un reconocido director de orquesta de quien esta noche escuchamos una Sinfonietta en tres movimientos ideada a partir de su tercera ópera, Le Banquet, inspirada a su vez en un diálogo de Platón en torno al amor y estrenada en Bremen en 1998 antes de pasar por varias ciudades italianas. La obra sitúa a una serie de artistas de vanguardia (Satie, Picasso, Cocteau, Laurencin, Stein, Martinetti, etc.) en una reunión parisina de comienzos del siglo XX, evocando el tema platónico en forma de divertimento y anunciando en cierto modo el inminente final de la Gran Guerra, tras la que el mundo se abriría a nuevos iconos, a nuevas formas de arte y a la purificación de la poética de la palabra. Incluso Igor Stravinsky está presente en la obra, no como personaje sino como inspirador a través de su ballet Pulcinella. Así lo reconoce el propio autor, quien por otro lado afirma que en la composición de la obra se han tomado de la ópera “el coro inicial, sobre un tempo de Ragtime y el final (Can Can), intercalando la canción de Jean Cocteau (Blues y Boggie-Woogie)”, mientras que el asiento sonoro lo asegura una orquesta de cámara tradicional a la que se suman instrumentos no muy comunes como el saxofón o el acordeón.

No mucho más tarde del final de la Gran Guerra escribía el boloñés Ottorino Respighi su Pini di Roma, la segunda parte de una trilogía de poemas sinfónicos a la que había dado inicio Fontane di Roma y que concluiría con Feste Romane. Amante de la música de centurias anteriores, se ha escrito a menudo que su estilo estuvo demasiado apegado a fórmulas del pasado, caso que seguramente no sea el de la trilogía romana, pues ésta no oculta su proximidad al universo debussyniano. Más de lo mismo se decía de su compatriota Giacomo Puccini, fallecido apenas dos semanas antes del estreno de estos Pinos bajo la dirección de Bernardino Molinari en diciembre de 1924. Roma es sin duda una ciudad de historia, acaso no tanto de paisajes, pero sí puede serlo de escenas, que es lo que el autor italiano quiso plasmar en los cuatro movimientos que dan forma a la obra. El primero de ellos, I pini di Villa Borghese, plantea efectivamente un brillante Scherzo en torno a unos juegos de niños alrededor de los pinos que pueblan el gran jardín romano, en tanto que el segundo, Pini presso una catacomba, baja a las profundidades del inframundo con una especie de solemne canto llano cercado por una revelación casi fantasmal. I pini del Gianicolo parece llevarnos por su parte a una vista nocturna de la ciudad desde la cima de la colonia, que imaginamos bellísima por las sinuosas melodías de las maderas y de la cuerda, envuelta en un suntuoso manto de coloración neoimpresionista. Amanece después en la Vía Apia, tal y como nos sugiere el inicio del movimiento final, y pronto aparecen tras la bruma, en exultante marcha, las legiones romanas, y se evoca con ellas la grandeza de una ciudad milenaria. La orquesta al completo se entrega a la apoteosis: es el esplendor de Roma.

Asier Vallejo Ugarte

 

Kyoko Yonemoto, violín

Kyoko Yonemoto está considerada como una de las violinistas con mayor proyección de su generación. Nacida en Tokio en 1984, comenzó sus estudios de violín a los tres años, dando su primer concierto en público a los trece años.

Laureada en prestigiosos concursos, Kyoko Yonemoto fue la violinista más joven en ganar en 1997 el premio especial del jurado “Enrico Costa” del Concurso Paganini de Génova, Italia. Premiada en el Concurso Long-Thibaud de París, el Concurso Queen Elizabeth de Bruselas y del Concurso Fritz Kreisler de Viena. 

Siendo ya una evidente promesa en su país natal y habiendo trabajado con asiduidad con la mayoría de los directores y orquestas japoneses, empezó a  actuar en Europa, en recitales y con orquestas  en Austria, Bélgica, Holanda, Alemania, Inglaterra, Italia y Francia, bajo la batuta de Myung-Whung Chung, Junichi Hirokami, Kenichiro Kobayashi, Eliahu Inbal y Robert Benzi, entre otros.

Kyoko Yonemoto se trasladó a París en 2003 para continuar sus estudios. Desde 2004 estudia con Boris Belkin en el Conservatorio de Maastricht, y en sus clases magistrales en la Accademia Chigiana en Siena, Italia, en donde tocó en  2008, junto al violista Yuri Bashmet, la Sinfonía Concertante de Mozart.

Nuestro primer concierto del abono temático de este año, “Miradas sonoras”, se fija en el sinfonismo italiano en un programa que abarca múltiples facetas de la música transalpina: el drama en la obertura de Verdi, el virtuosismo en el concierto de Paganini, la modernidad en la sinfonietta de Marcello Panni sobre temas de su ópera The blanquet, y por fin los grandiosos Pinos de Roma, el célebre poema sinfónico de Respighi.

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  • Sábado 21 de Mayo de 2022 19:00h
  • Martes 24 de Mayo de 2022 19:30h
  • Viernes 27 de Mayo de 2022 19:30h
  • Sábado 28 de Mayo de 2022 19:00h (*OB)
  • Lunes 30 de Mayo de 2022 19:30h

*OB: Opera Berri

Patrocina:

FICHA

  • Cio-Cio San: Maria Agresta*
  • Cio-Cio San BERRI: Carmen Solís
  • Pinkerton: Sergio Escobar
  • Pinkerton BERRI: Javier Tomé
  • Suzuki: Carmen Artaza*
  • Sharpless: Damián del Castillo
  • Goro: Jorge Rodríguez-Norton
  • Kate Pinkerton: Marta Ubieta
  • Yamadori y Comisario: Jose Manuel Día
  • Tío Bonzo: Fernando Latorre
  • Oficial del registro: Javier Campo**
  • Yakuside: Gexan Etxabe
  • La madre de Cio-Cio San: Eider Torrijos**
  • La tía de Cio-Cio San: Leyre Mesa**
  • La prima de Cio-Cio San Olga Revuelta**
  • Bilbao Orkestra Sinfonikoa
  • Coro de Ópera de Bilbao: Director Boris Dujin
  • Director musical: Henrik Nánási*
  • Director de escena: Stefano Monti
  • Coproducción Teatro Comunale di Modena / Teatro Municipale di Piacenza

*Debuta en ABAO Bilbao Opera
**Coro de Ópera de Bilbao

MÁS INFORMACIÓN

Benjamin Franklin Pinkerton, un oficial de la Armada de Estados Unidos, inspecciona una casita en una colina cercana a Nagasaki desde la que se ve el puerto. Va a alquilársela a Goro, un servicial casamentero. Junto con la casa recibe también a tres criados y a una geisha como mujer, cuyo nombre es Cio-Cio San, pero que es conocida como Butterfly. El alquiler, según la costumbre japonesa, es por una duración de 999 años, susceptible de ser renovado todos los meses. El cónsul estadounidense, Sharpless, llega jadeante después de haber subido la colina. Pinkerton describe su filosofía del yanqui indómito que recorre el mundo en busca de experiencias y placeres. No está seguro de si sus sentimientos por la joven japonesa son realmente amor o simplemente un capricho, pero su intención es seguir adelante y celebrar la ceremonia nupcial. Sharpless le advierte de que es posible que la muchacha tenga una visión diferente del matrimonio, pero Pinkerton hace caso omiso de sus preocupaciones y le dice que algún día tendrá una verdadera esposa estadounidense. Ofrece al cónsul güisqui y propone un brindis.

Llega Butterfly con sus amigos para la ceremonia. En una conversación casual tras la presentación formal, la muchacha admite que tiene tan solo quince años y explica que su familia fue importante en otro tiempo, pero que luego perdió su posición desahogada, por lo que no le ha quedado más remedio que ganarse la vida como geisha. Llegan sus familiares y hablan sobre la celebración de un matrimonio tan desigual. Cio-Cio San enseña a Pinkerton sus exiguas posesiones y le confiesa que ha estado en la misión cristiana y que tiene la intención de convertirse a la religión de su marido. El comisionado imperial lee el contrato matrimonial y los parientes felicitan a la pareja. De repente, se oye desde lejos una voz amenazadora: es el bonzo, el tío de Butterfly, un sacerdote. Maldice a la muchacha por haber ido a la misión y por renunciar a su religión ancestral. Pinkerton les ordena a todos que se vayan e intenta consolar a Butterfly con palabras dulces. Suzuki le ayuda a ponerse el kimono nupcial antes de que la pareja se reúna en el jardín, donde se dejan llevar por la pasión.

Cuando comienza el Acto II han transcurrido tres años y Cio-Cio San está esperando el regreso de su marido a casa. Suzuki implora ayuda a los dioses, pero Butterfly le reprende por creer en los dioses japoneses en vez de en la promesa de Pinkerton de que un día regresaría. Aparece Sharpless con una carta de Pinkerton, pero antes de que pueda leerla a Butterfly, aparece Goro con el último pretendiente de la joven, el acaudalado príncipe Yamadori. Butterfly sirve amablemente té a los invitados, pero insiste en que no está disponible para contraer matrimonio: su marido estadounidense no la ha dejado y le dio palabra de que un día regresaría. Pide a Goro y Yamadori que se vayan. Sharpless intenta leer la carta de Pinkerton y sugiere a Butterfly que quizá debería reconsiderar la oferta de Yamadori. Como respuesta, ella le muestra al cónsul el hijo que ha tenido con Pinkerton. Dice que su nombre es “Pesar”, pero que cuando regrese su padre se llamará “Dicha”. Sharpless está demasiado hundido para seguir leyéndole el contenido de la carta. Se va prometiéndole que informará a Pinkerton sobre la existencia de su hijo. Un cañonazo en el puerto anuncia la llegada de un barco. Butterfly y Suzuki leen su nombre desde la terraza: es el de Pinkerton. Radiante de alegría, Butterfly se une a Suzuki para decorar la casa con flores. Cae la noche y Butterfly, Suzuki y el niño emprenden una vigilia sin apartar la vista del puerto.

Amanece y Suzuki insiste en que Butterfly intente dormir un poco. Butterfly mete al niño en la casa. Aparece Sharpless con Pinkerton y Kate, la nueva mujer de Pinkerton. Suzuki se da cuenta de quién es la mujer estadounidense y se muestra de acuerdo en ayudar a comunicar la noticia a Butterfly. A Pinkerton le invade la sensación de culpa y se retira un poco para recordar los días pasados en la casa. Cio-Cio San entra apresuradamente confiando en encontrar a Pinkerton, pero es a Kate a quien ve en su lugar. Comprendiendo la situación, se muestra de acuerdo en renunciar a su hijo, pero insiste en que sea Pinkerton quien vuelva a por él. Tras echar a todo el mundo, Butterfly saca la daga con la que su padre se había suicidado, pues prefiere morir con honor que vivir con vergüenza. Se detiene por un instante cuando entra el niño inesperadamente, pero Butterfly lo saca al jardín y ella se retira detrás de una cortina. Cuando llega Pinkerton, pronunciando su nombre, la joven se clava la daga.

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>Concierto para dos Aniversarios Bilbao Orkestra Sinfonikoa & Guggenheim Bilbao

Concierto para dos Aniversarios Bilbao Orkestra Sinfonikoa & Guggenheim Bilbao

Lugar: Guggenheim Bilbao

Coincidiendo con el centenario de la BOS el Museo Guggenheim Bilbao celebra su 25º Aniversario. En esta doble celebración, el Museo será el escenario de un gran concierto de la BOS abierto a la ciudadanía cuyo programa incluirá “Cuadros de una exposición”, la obra con la que Modest Mussorgsky rindió homenaje a su amigo Viktor Hartmann, con ocasión de la exhibición de algunas de sus obras tras su fallecimiento. La pieza representa un recorrido de cuadro en cuadro, en un estilo musical de fuerte carácter descriptivo. Compuesta originalmente para piano, la música fue “coloreada” por Maurice Ravel con una brillante orquestación. Junto a este gran clásico, en este concierto se recuperará el poema sinfónico, de lenguaje denso y poderoso, “Andrómeda”, de Augusta Holmès, compositora francesa injustamente tratada por la historia, al igual que muchas de sus colegas. Una gran oportunidad para celebrar la amistad y el diálogo entre las artes.

Patrocina:

Localización : Atrio
Punto de venta : Taquilla y Web
Duración : 60
Más información : Aforo limitado y uso responsable de mascarilla.
Se ruega puntualidad. No se podrá acceder al Atrio una vez iniciada la actividad.

Web: Guggenheim

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