Conciertos

TEMPORADA BOS 2

Abono de Iniciación


Palacio Euskalduna.   19:30 h.

M. Mussorgsky / N. Rimsky-Korsakov: Una noche en el monte pelado
S. Rachamaninov: Rapsodia sobre un tema de Paganini
J. Brahms: Sinfonía nº 1 en Do menor, op. 68

Luis Fernando Pérez, piano
Günter Neuhold, director

FECHAS

  • 23 de octubre de 2014       Palacio Euskalduna      19:30 h.
  • 24 de octubre de 2014       Palacio Euskalduna      19:30 h.

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La leyenda, el retrato y lo absoluto
Son tres maneras de manifestar el espíritu romántico al que la música sucumbió desde el inicio del siglo XIX y del que no logró desprenderse –con las geniales excepciones de un puñado de piezas maestras- hasta bien entrado el XX.
Las obras que abren y cierran la velada de hoy se concibieron más o menos por la misma época, pero reflejan los dos extremos de la estética que enfrentó a compositores y críticos en un siglo lleno de contradicciones y pletórico de ideas musicales. Mientras unos se rendían a la facilidad con que la música enlaza con historias, sentimientos o literatura, otros preferían continuar en la línea del sonido absoluto que tantos frutos había dado en épocas anteriores. Hoy abrirá nuestros oídos de manera algo violenta uno de los poemas sinfónicos más famosos del siglo XIX y la orquesta nos despedirá con un magnífico edificio sinfónico sustentado únicamente por sólido material musical. En medio, la recreación del prodigio a través de una rapsodia-retrato del irrepetible Paganini.
La procedencia de los compositores también tiene su repercusión en lo que escuchamos. Las fuentes que alimentaron su imaginación no son asunto baladí: Brahms sintió siempre el peso de la tradición alemana y reverenció el desarrollo de las ideas musicales a partir de su propia naturaleza sonora. Mussorgsky y Rachmaninov representaron a la perfección la esencia extrema de lo ruso: lo sensible y lo salvaje; lo lírico y lo épico; lo real y lo soñado.
En un vasto territorio, el Imperio ruso, donde las melodías populares y los cantos litúrgicos acompañaban en su vida diaria a un pueblo dotado para la música y en una época en que la aristocracia cultivaba la composición como pasatiempo diletante, surgió un grupo de compositores, en gran medida autodidactas, que dieron sonido romántico al nacionalismo ruso. Modest Mussorgsky (Karevo, 1839-San Petersburgo, 1881) fue el creador más original e innovador del llamado “grupo de los cinco”. Su búsqueda del realismo y su afán por “expresar al pueblo ruso” con lo que conlleva de manifestación de lo poético y también de lo bárbaro -esta sociedad mantuvo jurídicamente el sistema de servidumbre hasta 1861-, tuvieron como consecuencia que su escritura resultara áspera para los oídos de la época, de ahí que la buena voluntad del leal Rimsky-Korsakov se pusiera al servicio de una noble causa: ayudar a que las composiciones de su amigo llegaran a ser más programadas. Esto que posteriormente se tomó como una aberración –aun siendo bienintencionada- y que Rimsky realizó en otras ocasiones, ayudó a que las partituras de Mussorgsky no se perdieran por los vericuetos de la Historia. Este es el caso de Una noche en el Monte Pelado que, habiendo sido escrita en 1867 y titulada Noche de San Juan, busca narrar lo que acontece en ese momento de solsticio entre un puñado de brujas y Satán, intentando describir “el carácter del Sabbat, que está lleno de gritos y llamadas dispersas hasta el momento en que toda esa chusma diabólica se mezcla en una confusión total”. Más tarde, Mussorgsky utilizó el material como intermezzo de su ópera inacabada La feria de Sorochinsky, donde se describe el sueño de un muchacho campesino. Fue entonces cuando añadió el delicioso epílogo. La obra, como la conocemos hoy, no se estrenó hasta 1886, tras los retoques de Rimsky-Korsakov.
Pero la autenticidad de Mussorgsky deja en segundo plano lo que fueron consideradas imperfecciones en la escritura -hoy estimadas audacias armónicas- que colorean las danzas grotescas y el terror que pretende provocar la escena. Por la misma razón, el despertar de la pesadilla, en la coda, nos conmueve con la veracidad del sentimiento expresado en la sencilla melodía que canta el clarinete y después la flauta. Su lenguaje es directo y persigue comunicarse con el oyente. Mussorgsky, que amaba la música sobre todas las cosas y que renunció a su trabajo de funcionario para consagrarse por entero a ella –esto era mucho más de lo que se pedía a un diletante-, la consideraba “el mejor vehículo para la comunicación entre seres humanos”.
Otro compositor que alcanzó un grado de conexión con su público notablemente mayor que el reconocimiento que le dispensó la crítica, es Sergei Rachmaninov (Semionovo, 1873-Beverly Hills, 1943) que, pese a las acusaciones de anacronismo, tuvo la osadía de no cambiar: “no sé escribir de otra manera” declaraba un pianista y compositor para quien la música era una especie de refugio sentimental donde escapar de la nostalgia que le perseguía por partida doble: como exiliado de la revolución soviética y como ruso.
Su Rapsodia sobre un tema de Paganini supone, en un caleidoscopio de imágenes sonoras, su particular retrato de uno de los instrumentistas más dotados y teatrales de todos los tiempos: el genovés Nicoló Paganini quien, desde su más tierna infancia, subyugó y escandalizó a un público que difícilmente olvidaba sus interpretaciones al violín –sobre todo- y a la viola.
El asombro que provocaba en la audiencia y la admiración que le profesaban los intérpretes de cualquier instrumento, se ven reflejados en esta representación poliédrica de su trascendencia musical. Rachmaninov elige para ello la forma musical tema con variaciones que, teniendo posibilidades inagotables, le permite hacer una semblanza del virtuoso de múltiples perfiles: brillante, imaginativo, improvisador, emotivo, diabólico…
La Rapsodia fue compuesta en 1934 y estrenada ese mismo año con el compositor al piano, demostrando el esplendor de su talento en la escritura y en la interpretación. La riqueza del color orquestal, la perfecta articulación de una obra ensamblada en pequeñas piezas y el talento requerido para su puesta en marcha, hacen de esta partitura las delicias del oyente.
Aún sin ser una obra programática, tiene en cuenta la leyenda romántica que decía que Paganini había vendido su alma al diablo a cambio de una destreza sin rival. El violinista está representado en el tema extraído de su Capricho nº 24 para violín solo –que también había inspirado a Liszt, Schumann, Brahms y, más recientemente, Lloyd Webber- y el diablo en el himno medieval Dies Irae. Entre las veinticuatro variaciones, Rachmaninov se reserva una para sí mismo: la deliciosa número dieciocho, en la que el compositor nos regala una melodía lírica y apasionada, de autoría indudable, que supone el momento culminante de la obra.
Contemporánea de Una noche en el Monte Pelado, la Sinfonía nº 1 Op.68 en do menor de Johannes Brahms (Hamburgo, 1833-Viena, 1897) fue estrenada en 1876, aunque el ya maduro y valorado compositor dedicó catorce años de su vida a escribirla y a darse a sí mismo permiso para presentar al público una composición de este género, tras la estela de talento que Beethoven había dejado para bien de todos y prudencia de algunos.
La maestría de Brahms engrandece su romántica devoción por el pasado -con su confesa preferencia por Bach y su conocimiento profundo de la obra de Beethoven- y cuando se sumerge en el océano de la sinfonía, la dimensión que adquiere su música refleja, a partes iguales, nobleza, sentido del equilibrio, solidez y lirismo. Su lenguaje se basa en el desarrollo de las ideas, como esencia misma del género sinfónico, huyendo de la superficialidad y del espectáculo. Este es su principal atractivo y la razón de su atemporalidad.
Compuesta en cuatro movimientos, el primero Un poco sostenuto-Allegro inicia con latido inexorable un discurso que fluye sobre un diseño cromático ascendente… Junto con otros motivos musicales, Brahms lo hará florecer. Continúa un Andante sostenuto en el que la ternura y la atmósfera meditativa colorean el diálogo entre instrumentos. En el tercer movimiento, Un poco allegretto e grazioso la pericia del compositor está a la altura de su sensibilidad melódica y del atractivo de sus ritmos cruzados. En el Adagio-Allegro non troppo, ma con brio final, la progresión continua de ideas musicales comparte espacio sonoro con la nobleza del coral y conduce todo hacia esa cumbre-homenaje a Beethoven que, representada en una melodía de irrepetible belleza, sirve de expansión a las ideas brahmsianas y ensancha el espíritu de quienes hacemos de la escucha un placer cotidiano.
Disfruten.
Mercedes Albaina

 


Luis Fernando Pérez, piano

"Luis Fernando Pérez es un joven pianista sin miedo a seguir su propio camino. Dotado de una técnica extraordinaria y una rica profusión de ideas, he aquí el color, la inflexión y la vitalidad en super abundancia. Luis Fernando Pérez es claramente uno de los pianistas más personales y talentosos de la generación actual. …". Con estas palabras describe Bryce Morrison en la revista Gramophone a Luis Fernando Pérez.
Pianista madrileño, alumno de grandes artistas y pedagogos como Dimitri Bashkirov, Galina Egyazarova, Alicia de Larrocha y Pierre-Laurent Aimard, entre otros, comienza su carrera internacional a raíz de publicar en el sello Verso su aclamada "Iberia" de Isaac Albéniz. Considerado uno de los mayores expertos en el repertorio español y pianista versátil ha cosechado numerosos premios tanto en concursos internacionales como elogiosas críticas con sus conciertos y sus grabaciones publicadas en el sello Mirare dedicadas a Chopin, Soler, Granados, este último Diapason D´or y Choc del año de la revista clásica.
En constante gira, debuta en la temporada de nuestra orquesta, junto al maestro Neuhold, ambos conocidos por Luis Fernando tras su anterior colaboración en el Festival Musika-Música.
 

Günter Neuhold, director

Nace en Graz en 1947, estudia dirección de orquesta en la Hochschule de su ciudad y cursos de perfeccionamiento con Franco Ferrara en Roma y con Hans Swarowsky en Viena, siendo nombrado Kapellmeister en Hannover y Dortmund. Posteriormente gana los concursos de dirección de orquesta de Florencia y San Remo (1976), Viena, Salzburgo y Milán (1977).

Günter Neuhold ha sido director musical de la Orquesta Sinfónica Arturo Toscanini y del Teatro Regio de Parma; director titular y artístico de la Real Filarmónica de Flandes; Director General de Música en el Badisches Staatstheater de Karlsruhe, Director General de Música y Director Artístico del Teatro de Bremen y Director Titular y Artístico de la Bilbao Orkestra Sinfonikoa.

Ha dirigido orquestas de la importancia de: Filarmónica y Sinfónica de Viena, Staatskapelle de Dresde, Philarmonia, National de France, Leipzig, Stuttgart, RAI de Roma, Maggio Musicale Fiorentino, Gulbenkian, Tokyo Philharmonic y Metropolitan, Melbourne, Vancouver, México, Sâo Paulo y de Buenos Aires; así como en los más importantes teatros de ópera: Milán. Roma, Nápoles, Venecia, Viena, Berlín, Dresde, Munich, Madrid, Buenos Aires.

Tiene una discografía muy amplia, incluyendo: El Castillo de Barba Azul, La Damnation de Faust, Gurre-Lieder (Schönberg), Der Vampyr, Madama Butterfly (Orphée d’Or 2003), y La Tetralogía (Wagner), La Pasión según San Mateo, Réquiem de Verdi, obras sinfónicas de Bartók, Stravinsky, Mahler, Brahms, Bruckner, J. Strauss, Kodály, Schnittke, Schulhoff, Tchaikovsky, Liebermann y Rihm.
 

 

RACHMANINOV Y BRAHMS, SENTIMIENTO Y EQUILIBRIO
Nuestro más reciente director titular retorna con un atractivo programa romántico. Una primera parte dedicada a Rusia, con la fuerza del akelarre sinfónico de Mussorgsky y el intenso lirismo con el que un virtuoso como Rachmaninov rinde homenaje a otro como Paganini, tejiendo 24 variaciones sobre su Capricho nº 24. En la segunda, ese milagro entre equilibrio en la forma y apasionamiento en el contenido que es seña de identidad en el sinfonismo de Brahms.
 

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